Hombre en llamas

Hombre en llamas
Hombre en llamas. Orozco, J.C. Algunos críticos interpretan el mural como una glorificación de los cuatro elementos, otros ven en cada una de las figuras una simbología inherente al hombre mismo: el hombre teológico (que simboliza la tierra), el cual despierta en el mundo y convierte en dioses los fenómenos naturales que no comprende; el hombre metafísico (que simboliza el viento), el cual empieza a tener conciencia, reflexionando sobre la realidad del mundo; el hombre científico (que simboliza el agua), el cual analiza los fenómenos, los objetos, penetrando con su razón en sus esencias. Finalmente el hombre de fuego que debería simbolizar a Prometeo, el que rebelándose a los dioses entregó a los hombres la chispa del fuego, la cual representa al mismo tiempo la razón y la libertad. Así el hombre, ya libre, crea las artes en su constante lucha de superación; el hombre hecho fuego de pasiones, de anhelos de conquistas, pero sobre todo dueño de su vida, de su destino y de sus decisiones.
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lunes, 8 de agosto de 2016

Tiranía del trabajo, crisis de la tiranía




Capitalismo
Tiranía del trabajo, crisis de la tiranía
08/08/2016 | Daniel Tanuro
Desde el punto de vista antropológico, el trabajo designa la actividad consciente por la cual el ser humano transforma el entorno y sus recursos para producir su existencia social. El trabajo no es entonces más que la mediación indispensable entre la humanidad y el resto de la naturaleza, que es característica de nuestra especie.
Desde el punto de vista sociológico, esta definición general no tiene apenas utilidad porque no permite comprender las especificidades del trabajo en los diferentes tipos de sociedad. Ahora bien, el trabajo en la sociedad capitalista es muy diferente del trabajo en la sociedad feudal, y aún más diferente del “trabajo” entre los cazadores-recolectores. Tomemos por ejemplo la relación con el tiempo: en las sociedades precapitalistas el trabajo estructura el tiempo, mientras que en el capitalismo es el tiempo quien estructura el trabajo… Plantear correctamente la cuestión del trabajo hoy necesita tomar en cuenta no solo su definición general, tal como se aplica a todos los modos de producción, sino también y sobre todo la forma específica que toma en el capitalismo.
El capitalismo es una sociedad de producción generalizada de mercancías
Para la mayoría de la población, el trabajo toma la forma de trabajo asalariado, es decir la venta de la mercancía “fuerza de trabajo” a los propietarios de los medios de producción. El sistema está regido por el valor, indicador exclusivamente cuantitativo cuya medida es el tiempo de trabajo. La competencia por la ganancia empuja constantemente hacia la subida de la productividad. Las decisiones sobre lo que se produce, cómo, con qué objetivo y en qué cantidad no son tomadas por los productores directos sino por los propietarios de los medios de producción, en función de sus expectativas de ganancia. El trabajo está alienado. Lejos de ser vivido como despliegue de las potencialidades del productor a través de su contribución a la existencia social, es vivido como obligación y desposesión.
La alienación del trabajo tiene una gran influencia sobre la conciencia. Como la socialización del trabajo se opera mediante la compra y la venta, las decisiones son zanjadas en última instancia por “el mercado”, por “la economía”, es decir por abstracciones que disimulan relaciones sociales de explotación. Estas abstracciones obedecen a la ley del valor que, aunque social, se impone por si misma, igual que la ley de la gravedad. Nadie puede escapar a ella. El capitalismo es la primera sociedad de la historia en la que la obligación del trabajo, el aumento de su productividad y la amenaza del paro son tiránicas, pues derivan de “leyes de la economía” que parecen naturales. Ni el esclavo ni el siervo estaban sometidos así a un mecanismo automático, independiente de toda decisión humana.
Se ha creído durante mucho tiempo que “trabajo” venía del latin “trepalium” (tortura)
Esta etimología es puesta en cuestión, pero el trabajo capitalista no es un lecho de rosas. La evolución del sistema provoca una especialización y una parcelación crecientes. La mecanización y la automatización aumentan, la producción y los intercambios están cada vez más mundializados. La extensión de la producción mercantil invade y gangrena todo. Dicta su ley a la investigación y a la creación, destruye el medio ambiente, engendra cada vez más producciones inútiles o nocivas y tecnologías peligrosas. Las operaciones de promoción y de especulación derrochan una cantidad creciente de fuerza de trabajo. No solo el tiempo de trabajo come tiempo de vida, sino que además este tiempo pasado en el trabajo está flexibilizado, precarizado y controlado científicamente para extraer hasta la última gota de valor. Se habla de “trabajo en migajas”, de “trabajo sin cualidades”, de “pérdida del sentido del trabajo”.
La tiranía del trabajo está en crisis. Esta crisis se expresa por un lado por la epidemia del burn out (síndrome del trabajador quemado ndt), del otro por la revuelta contra el trabajo -la de los jóvenes en particular. Es sistémica, pues en su base está una contradicción mayor: de una parte el sistema no comprende la riqueza más que bajo la forma de la cantidad de valor, por la medida del tiempo de trabajo; de otra parte, la propia ley del valor ha creado una situación en la que la verdadera riqueza no depende ya del trabajo. Depende del saber y de las máquinas que crean la posibilidad de reducir radicalmente el trabajo en cantidad, de mejorar radicalmente su calidad, de cambiar sus instrumentos y de encajarle de nuevo en la vida. En “Age de pierre, âge d´abondance” (Edad de piedra, edad de abundancia), el antropólogo Marshall Sahlins describe con malicia la felicidad de los pueblos indígenas que no consagran más que dos horas al día a la actividad productiva. Esta felicidad está a nuestro alcance a poco que acabemos con el capitalismo, su productivismo y… su trabajo.
Artículo publicado en la Gauche n. 78, julio-agosto 2016
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domingo, 31 de julio de 2016

El trabajo académico, el asalto neoliberal a las universidades y cómo debería ser la educación

noam

Noam Chomsky: El trabajo académico, el asalto neoliberal a las universidades y cómo debería ser la educación

Sobre la contratación temporal de profesores y la desaparición de la carrera académica.
Eso es parte del modelo de negocio. Es lo mismo que la contratación de temporales en la industria o lo que los de Wall Mart llaman “asociados”, empleados sin derechos sociales ni cobertura sanitaria o de desempleo, a fin de reducir costes laborales e incrementar el servilismo laboral. Cuando las universidades se convierten en empresas, como ha venido ocurriendo harto sistemáticamente durante la última generación como parte de un asalto neoliberal general a la población, su modelo de negocio entraña que lo que importa es la línea de base. Los propietarios efectivos son los fiduciarios (o la legislatura, en el caso de las universidades públicas de los estados federados), y lo que quieren mantener los costos bajos y asegurarse de que el personal laboral es dócil y obediente. Y en substancia, la formas de hacer eso son los temporales. Así como la contratación de trabajadores temporales se ha disparado en el período neoliberal, en la universidad estamos asistiendo al mismo fenómeno. La idea es dividir a la sociedad en dos grupos. A uno de los grupos se le llama a veces “plutonomía” (un palabro usado por Citibank cuando hacía publicidad entre sus inversores sobre la mejor forma de invertir fondos), el sector en la cúspide de una riqueza global pero concentrada sobre todo en sitios como los EEUU. El otro grupo, el resto de la población, es un “precariado”, gentes que viven una existencia precaria.
Esa idea asoma de vez en cuando de forma abierta. Así, por ejemplo, cuando Alan Greenspan testificó ante el Congreso en 1997 sobre las maravillas de la economía que estaba dirigiendo, dijo redondamente que una de las bases de su éxito económico era que estaba imponiendo lo que él mismo llamó “una mayor inseguridad en los trabajadores”. Si los trabajadores están más inseguros, eso es muy “sano” para la sociedad, porque si los trabajadores están inseguros, no exigirán aumentos salariales, no irán a la huelga, no reclamarán derechos sociales: servirán a sus amos tan donosa como pasivamente. Y eso es óptimo para la salud económica de las grandes empresas. En su día, a todo el mundo le pareció muy razonable el comentario de Greenspan, a juzgar por la falta de reacciones y los aplausos registrados. Bueno, pues transfieran eso a las universidades: ¿cómo conseguir una mayor “inseguridad” de los trabajadores? Esencialmente, no garantizándoles el empleo, manteniendo a la gente pendiente de un hilo que puede cortarse en cualquier momento, de manera que mejor que estén con la boca cerrada, acepten salarios ínfimos y hagan su trabajo; y si por ventura se les permite servir bajo tan miserables condiciones durante un año más, que se den con un canto en los dientes y no pidan más. Esa es la manera como se consiguen sociedades eficientes y sanas desde el punto de vista de las empresas. Y en la medida en que las universidades avanzan por la vía de un modelo de negocio empresarial, la precariedad es exactamente lo que se impone. Y más que veremos en lo venidero.
Ese es un aspecto, pero otros aspectos que resultan también harto familiares en la industria privada: señaladamente, el aumento de estratos administrativos y burocráticos. Si tienes que controlar la gente, tienes que disponer de una fuerza administrativa que lo haga. Así, en la industria norteamericana más que en cualquier otra parte, se acumula estrato ad administrativo tras estrato administrativo: una suerte de despilfarro económico, pero útil para el control y la dominación. Y lo mismo vale para las universidades. En los pasados 30 0 40 años se ha registrado un aumento drástico en la proporción del personal administrativo en relación el profesorado y los estudiantes de las facultades: profesorado y estudiantes han mantenido la proporción entre ellos, pero la proporción de administrativos se ha disparado. Un conocido sociólogo, Benjamin Ginsberg, ha escrito un muy buen libro titulado The Fall of the Faculty: The Rise of the All-Administrative University and Why It Matters (Oxford University Press, 2011), en el que se describe con detalle el estilo empresarial de administración y niveles burocráticos multiplicados. Ni que decir tiene, con administradores profesionales más que bien pagados: los decanos, por ejemplo, que antes solían miembros de la facultad que dejaban la labor docente para servir como gestores con la idea de reintegrarse a la facultad al cabo de unos años. Ahora son todos profesionales, que tienen que contratar a vicedecanos, secretarios, etc., etc., toda la proliferación de estructura que va con los administradores. Todo eso es otro aspecto del modelo empresarial.
Pero servirse de trabajo barato –y vulnerable— es una práctica de negocio que se remonta a los inicios mismos de la empresa privada, y los sindicatos nacieron respondiendo a eso. En las universidades, trabajo barato, vulnerable, significa ayudantes y estudiantes graduados. Los estudiantes graduados son todavía más vulnerables, huelga decirlo, La idea es transferir la instrucción a trabajadores precarios, lo que mejora la disciplina y el control, pero también permite la transferencia de fondos a otros fines muy distintos de la educación. Los costos, claro está, los pagan los estudiantes y las gentes que se ven arrastradas a esos puestos de trabajo vulnerables. Pero es un rasgo típico de una sociedad dirigida por la mentalidad empresarial transferir los costos a la gente. Los economistas cooperan tácitamente en eso. Así, por ejemplo, imaginen que descubren un error en su cuenta corriente y llaman al banco para tratar de enmendarlo. Bueno, ya saben ustedes lo que pasa. Usted les llama por teléfono, y le sale un contestador automático con un mensaje grabado que le dice: “Le queremos mucho, y ahí tiene un menú”. Tal vez le menú ofrecido contiene lo que usted busca, tal vez no. Si acierta a elegir la opción ofrecida correcta, lo que escucha a continuación es una musiquita, y de rato en rato una voz que le dice: “Por favor, no se retire, estamos encantados de servirle”, y así por el estilo. Al final, transcurrido un buen tiempo, una voz humana a la que poder plantearle una breve cuestión. A eso los economistas le llaman “eficiencia”. Con medidas económicas, ese sistema reduce los costos laborales del banco; huelga decir que le carga los costos a usted, y esos costos han de multiplicarse por el número de usuarios, que puede ser enorme: pero eso no cuenta como coste en el cálculo económico. Y si miran ustedes cómo funciona la sociedad, encuentran eso por doquiera. Del mismo modo, la universidad impone costos a los estudiantes y a un personal docente que, además e tenerlo apartado de la carrera académica, se le mantiene en una condición que garantiza un porvenir sin seguridad. Todo eso resulta perfectamente natural en los modelos de negocio empresariales. Es nefasto para la educación, pero su objetivo no es la educación.
En efecto, si echamos una mirada más retrospectiva, la cosa se revela más profunda todavía. Cuando todo esto empezó, a comienzos de los 70, suscitaba mucha preocupación en todo el espectro político establecido el activismo de los 60, comúnmente conocidos como “la época de los líos”. Fue una “época de líos” porque el país se estaba civilizando [con las luchas por los derechos civiles], y eso siempre es peligroso. La gente se estaba politizando y se comprometía con la conquista de derechos para los grupos llamados “de intereses especiales”: las mujeres, los trabajadores, los campesinos, los jóvenes, los viejos, etc. Eso llevó a una grave reacción, conducida de forma prácticamente abierta. En el lado de la izquierda liberal del establishment, tenemos un libro llamado The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission, compilado por Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki (New York University Press, 1975) y patrocinado por la Comisión Trilateral una organización de liberales internacionalistas. Casi toda la administración Carter se reclutó entre sus filas. Estaban preocupados por lo que ellos llamaban la “crisis de la democracia” y que no dimanaba de otra cosa del exceso de democracia. En los 60 la población –los “intereses especiales” mencionados— presionaba para conquistar derechos dentro de la arena política, lo que se traducía en demasiada presión sobre el Estado: no podía ser. Había un interés especial que dejaban de lado, y es a saber: el del sector granempresarial; porque sus intereses coinciden con el “interés nacional”. Se supone que el sector graempresarial controla al Estado, de modo que no hay ni que hablar de sus intereses. Pero los “intereses especiales” causaban problemas, y estos caballeros llegaron a la conclusión de que “tenemos que tener más moderación en la democracia”: el público tenía que volver a ser pasivo y regresar a la apatía. De particular preocupación les resultaban las escuelas y las universidades, que, decían, no cumplían bien su tarea de “adoctrinar a los jóvenes” convenientemente: el activismo estudiantil –el movimiento de derechos civiles, el movimiento antibelicista, el movimiento feminista, los movimientos ambientalistas— probaba que los jóvenes no estaban correctamente adoctrinados.
Bien, ¿cómo adoctrinar a los jóvenes? Hay más de una forma. Una forma es cargarlos con deudas desesperadamente pesadas para sufragar sus estudios. La deuda es una trampa, especialmente la deuda estudiantil, que es enorme, mucho más grande que el volumen de deuda acumulada en las tarjetas de crédito. Es una trampa para el resto de su vida porque las leyes están diseñadas para que no puedan salir de ella. Si, digamos, una empresa incurre en demasiada deuda, puede declararse en quiebra. Pero si los estudiantes suspenden pagos, nunca podrán conseguir una tarjeta de la seguridad social. Es una técnica de disciplinamiento. No digo yo que eso se hiciera así con tal propósito, pero desde luego tiene ese efecto. Y resulta harto difícil de defender en términos económicos. Miren ustedes un poco lo que pasa por el mundo: la educación superior es en casi todas partes gratuita. En los países con los mejores niveles educativos, Finlandia (que anda en cabeza), pongamos por caso, la educación superior es pública y gratuita. Y en un país rico y exitoso como Alemania es pública y gratuita. En México, un país pobre que, sin embargo, tiene niveles de educación muy decentes si atendemos a las dificultades económicas a las que se enfrenta, es pública y gratuita. Pero miren lo que pasa en los EEUU: si nos remontamos a los 40 y los 50, la educación superior se acercaba mucho a la gratuidad. La Ley GI ofreció educación superior gratuita a una gran cantidad de gente que jamás habría podido acceder a la universidad. Fue muy bueno para ellos y fue muy bueno para la economía y para la sociedad; fue parte de las causas que explican la elevada tasa de crecimiento económico. Incluso en las entidades privadas, la educación llegó a ser prácticamente gratuita. Yo, por ejemplo: entré en la facultad en 1945, en una universidad de la Ivy League, la Universidad de Pensilvania, y la matrícula costaba 100 dólares. Eso serían unos 800 dólares de hoy. Y era muy fácil acceder a una beca, de modo que podías vivir en casa, trabajar e ir a la facultad, sin que te costara nada. Lo que ahora ocurre es ultrajante. Tengo nietos en la universidad que tienen que pagar la matrícula y trabajar, y es casi imposible. Para los estudiantes, eso es una técnica disciplinaria.
Y otra técnica de adoctrinamiento es cortar el contacto de los estudiantes con el personal docente: clases grandes, profesores temporales que, sobrecargados de tareas, apenas pueden vivir con un salario de ayudantes. Y puesto que no tienes seguridad en el puesto de trabajo, no puedes construir una carrera, no puedes irte a otro sitio y conseguir más. Todas esas son técnicas de disciplinamiento, de adoctrinamiento y de control. Y es muy similar a lo que uno espera que ocurra en una fábrica, en la que los trabajadores fabriles han de ser disciplinados, han de ser obedientes; y se supone que no deben desempeñar ningún papel en, digamos, la organización de la producción o en la determinación del funcionamiento de la planta de trabajo: eso es cosa de los ejecutivos. Esto se transfiere ahora a las universidades. Y yo creo que nadie que tenga algo de experiencia en la empresa privada y en la industria debería sorprenderse; así trabajan.
Sobre cómo debería ser la educación superior
Para empezar, deberíamos desechar toda idea de que alguna vez hubo una “edad de oro”. Las cosas eran distintas, y en ciertos sentidos, mejores en el pasado, pero distaban mucho de ser perfectas. Las universidades tradicionales eran, por ejemplo, extremadamente jerárquicas, con muy poca participación democrática en la toma de decisiones. Una parte del activismo de los 60 consistió en el intento de democratizar las universidades, de incorporar, digamos, a representantes estudiantiles a las juntas de facultad, de animar al personal no docente a participar. Esos esfuerzos se hicieron por iniciativa de los estudiantes, y no dejaron de tener cierto éxito. La mayoría de universidades disfrutan ahora de algún grado de participación estudiantil en las decisiones de las facultades. Y yo creo que ese es el tipo de cosas que deberíamos ahora seguir promoviendo: una institución democrática en la que la gente que está en la institución, cualquiera que sea (profesores ordinarios, estudiantes, personal no docente) participan en la determinación de la naturaleza de la institución y de su funcionamiento; y lo mismo vale para las fábricas.
No son estas ideas de izquierda radical, por cierto. Proceden directamente del liberalismo clásico. Si leéis, por ejemplo, a John Stuart Mill, una figura capital de la tradición liberal clásica, verán que daba por descontado que los puestos de trabajo tenían que ser gestionados y controlados por la gente que trabajaba en ellos: eso es libertad y democracia (véase, por ejemplo, John Stuart Mill, Principles of Political Economy, book 4, ch. 7). Vemos las mismas ideas en los EEUU. En los Caballeros del Trabajo, pongamos por caso: uno de los objetivos declaradis de esta organización era “instituir organizaciones cooperativas que tiendan a superar el sistema salarial introduciendo un sistema industrial cooperativo” (véase la “Founding Ceremony” para las nuevas asociaciones locales). O piénsese en alguien como John Dewey, un filósofo social de la corriente principal del siglo XX, quien no sólo abogó por una educación encaminada a la independencia creativa, sino también por el control obrero en la industria, lo que él llamaba “democracia industrial”. Decía que hasta tanto las instituciones cruciales de la sociedad –producción, comercio, transporte, medios de comunicación— no estén bajo control democrático, la “política [será] la sombra proyectada en el conjunto de la sociedad por la gran empresa” (John Dewey, “The Need for a New Party” [1931]). Esta idea es casi elemental, y echa raíces profundas en la historia norteamericana y en el liberalismo clásico; debería constituir una suerte de segunda naturaleza de la gente, y debería valer igualmente para las universidades. Hay ciertas decisiones en una universidad donde no puedes querer transparencia democrática porque tienes que preservar la privacidad estudiantil, pongamos por caso, y hay varios tipos de asuntos sensibles, pero en el grueso de la actividad universitaria normal no hay razón para no considerar la participación directa como algo, no ya legítimo, sino útil. En mi departamento, por ejemplo, hemos tenido durante 40 años representantes estudiantiles que proporcionaban una valiosa ayuda con su participación en las reuniones de departamento.
Sobre la “gobernanza compartida” y el control obrero
La universidad es probablemente la institución social que más se acerca en nuestra sociedad al control obrero democrático. Dentro de un departamento, por ejemplo, es bastante normal que al menos para los profesores ordinarios tenga capacidad para determinar una parte substancial de las tareas que conforman su trabajo: qué van a enseñar, cuando van a dar las clases, cuál será el programa. Y el grueso de las decisiones sobre el trabajo efectuado en la facultad caen en buena medida bajo el control del profesorado ordinario. Ahora, ni que decir tiene, hay un nivel administrativo superior al que no puedes ni eludir ni controlar. La facultad puede recomendar a alguien para ser profesor titular, pongamos por caso, y estrellarse contra el criterio de los decanos o del rector, o incluso de los patronos o de los legisladores. No es que ocurra muy a menudo, pero puede ocurrir y ocurre. Y eso es parte de la estructura de fondo que, aun cuando siempre ha existido, era un problema menor en los tiempos en que la administración salía elegida por la facultad y era en principio revocable por la facultad. En un sistema representativo, necesitas tener a alguien haciendo labores administrativas, pero tiene que poder ser revocable, sometido como está a la autoridad de las gentes a las que administra. Eso es cada vez menos verdad. Hay más y más administradores profesionales, estrato sobre estrato, con más y más posiciones cada vez más remotas del control de las facultades. Me referí antes a The Fall of the Faculty de Benjamin Ginsberg, un libro que entra en un montón de detalles sobre el funcionamiento de varias universidades a las que sometió a puntilloso escrutinio: Johns Hopkins, Cornell y muchas otras.
El profesorado universitario ha venido siendo más y más reducido a la categoría de trabajadores temporales a los que se asegura una precaria existencia sin acceso a la carrera académica. Tengo conocidos que son, en efecto, lectores permanente; no han logrado el estatus de profesores ordinarios; tienen que concursar cada año para poder ser contratados otra vez. No deberían ocurrir estas cosas, no deberíamos permitirlo. Y en el caso de los ayudantes, la cosa se ha institucionalizado: no se les permite ser miembros del aparato de toma de decisiones y se les excluye de la seguridad en el puesto de trabajo, lo que no sirve sino para amplificar el problema. Yo creo que el personal no docente debería ser integrado también en la toma de decisiones, porque también forman parte de la universidad. Así que hay un montón que hacer, pero creo que se puede entender fácilmente por qué se desarrollan esas tendencias. Son parte de la imposición del modelo de negocios en todos y cada uno de los aspectos de la vida. Esa es la ideología neoliberal bajo la que el grueso del mundo ha estado viviendo en los últimos 40 años. Es muy dañina para la gente, y ha habido resistencias a ella. Y es digno de mención el que al menos dos partes del mundo han logrado en cierta medida escapar de ella: el Este asiático, que nunca la aceptó realmente, y la América del Sur de los últimos 15 años.
Sobre la pretendida necesidad de “flexibilidad”
“Flexibilidad” es una palabra muy familiar para los trabajadores industriales. Parte de la llamada “reforma laboral” consiste en hacer más “flexible” el trabajo, en facilitar la contratación y el despido de la gente. También esto es un modo de asegurar la maximización del beneficio y el control. Se supone que la “flexibilidad” es una buena cosa, igual que la “mayor inseguridad de los trabajadores”. Dejando ahora de lado la industria, para la que vale lo mismo, en las universidades eso carece de toda justificación. Pongamos un caso en el que se registra submatriculación en algún sitio. No es un gran problema. Una de mis hijas enseña en una universidad; la otra noche me llamó y me contó que su carga lectiva cambiaba porque uno de los cursos ofrecidos había registrado menos matrículas de las previstas. De acuerdo, el mundo no se acabará, se limitaron a reestructurar el plan docente: enseñas otro curso, o una sección extra, o algo por el estilo. No hay que echar a la gente o hacer inseguro su puesto de trabajo a causa de la variación del número de matriculados en los cursos. Hay mil formas de ajustarse a esa variación. La idea de que el trabajo debe someterse a las condiciones de la “flexibilidad” no es sino otra técnica corriente de control y dominación. ¿Por qué no hablan de despedir a los administradores si no hay nada para ellos este semestre? O a los patronos: ¿para qué sirven? La situación es la misma para los altos ejecutivos de la industria; si el trabajo tiene que ser flexible, ¿por qué no la gestión ejecutiva? El grueso de los altos ejecutivos son harto inútiles y aun dañinos, así que ¡librémonos de ellos! Y así indefinidamente. Sólo para comentar noticias de estos últimos días, pongamos el caso de Jamie Dimon, el presidente del consejo de administración del banco JP Morgan Chase: acaba de recibir un substancial incremento en sus emolumentos, casi el doble de su paga habitual, en agradecimiento por haber salvado al banco de las acusaciones penales que habrían mandado a la cárcel a sus altos ejecutivos: todo quedó en multas por un monto de 20 mil millones de dólares por actividades delictivas probadas. Bien, podemos imaginar que librar de alguien así podría ser útil para la economía. Pero no se habla de eso cuando se habla de ”reforma laboral”. Se habla de gente trabajadora que tiene que sufrir, y tiene que sufrir por inseguridad, por no saber de donde sacarán el pan mañana: así se les disciplina y se les hace obedientes para que no cuestionen nada ni exijan sus derechos. Esa es la forma de operar de los sistemas tiránicos. Y el mundo de los negocios es un sistema tiránico. Cuando se impone a las universidades, te das cuenta de que refleja las mismas ideas. No debería ser un secreto.
Sobre el propósito de la educación
Se trata de debates que se retrotraen a la Ilustración, cuando se plantearon realmente las cuestiones de la educación superior y de la educación de masas, no sólo la educación para el clero y la aristocracia. Y hubo básicamente dos modelos en discusión en los siglos XVIII y XIX. Se discutieron con energía harto evocativa. Una imagen de la educación era la de un vaso que se llena, digamos, de agua. Es lo que ahora llamamos “enseñar para el examen”: viertes agua en el vaso y luego el vaso devuelve el agua. Pero es un vaso bastante agujereado, como todos hemos tenido ocasión de experimentar en la escuela: memorizas algo en lo que no tienes mucho interés para poder pasar un examen, y al cabo de una semana has olvidado de qué iba el curso. El modelo de vaso ahora se llama “ningún niño a la zaga”, “enseñar para el examen”, “carrera a la cumbre”, y cosas por el estilo en las distintas universidades. Los pensadores de la Ilustración se opusieron a ese modelo.
El otro modelo se describía como lanzar una cuerda por la que el estudiante pueda ir progresando a su manera y por propia iniciativa, tal vez sacudiendo la cuerda, tal vez decidiendo ir a otro sitio, tal vez planteando cuestiones. Lanzar la cuerda significa imponer cierto tipo de estructura. Así, un programa educativo, cualquiera que sea, un curso de física o de algo, no funciona como funciona cualquier otra cosa; tiene cierta estructura. Pero su objetivo consiste en que el estudiante adquiera la capacidad para inquirir, para crear, para innovar, para desafiar: eso es la educación. Un físico mundialmente célebre cuando, en sus cursos para primero de carrera, se le preguntaba “¿qué parte del programa cubriremos este semestre?”, contestaba: “no importa lo que cubramos, lo que importa es lo que descubráis vosotros”. Tenéis que ganar la capacidad y la autoconfianza en esta asignatura para desafiar y crear e innovar, y así aprenderéis; así haréis vuestro el material y seguir adelante. No es cosa de acumular una serie fijada de hechos que luego podáis soltar por escrito en un examen para olvidarlos al día siguiente.
Son dos modelos radicalmente distintos de educación. El ideal de la Ilustración era el segundo, y yo creo que el ideal al que deberíamos aspirar. En eso consiste la educación de verdad, desde el jardín de infancia hasta la universidad. Lo cierto es que hay programas de ese tipo para los jardines de infancia, y bastante buenos.
Sobre el amor a la docencia
Queremos, desde luego, gente, profesores y estudiantes, comprometidos en actividades que resulten satisfactorias, disfrutables, actividades que sean desafíos, que resulten apasionantes. Yo no creo que eso sea tan difícil. Hasta los niños pequeños son creativos, inquisitivos, quieren saber cosas, quieren entenderlas, y a no ser que te saquen eso a la fuerza de la cabeza, el anhelo perdura de por vida. Si tienes oportunidades para desarrollar esos compromisos y preocuparte por esas cosas, son las más satisfactorias de la vida. Y eso vale lo mismo para el investigador en física que para el carpintero; toenes que intentar crear algo valioso, lidiar con problemas difíciles y resolverlos. Yo creo que que eso es lo que hace del trabajo el tipo de actividad que quieres hacer; y la haces aun cuando no estés obligado a hacerla. En una universidad que funcione razonablemente, encontrarás gente que trabaja todo el tiempo porque les gusta lo que hacen; es lo que quieren hacer; se les ha dado la oportunidad, tienen los recursos, se les ha animado a ser libres e independientes y creativos: ¿qué mejor que eso? Y eso también puede hacerse en cualquier nivel.
Vale la pena reflexionar un poco sobre algunos de los programas educativos imaginativos y creativos que se desarrollan en los distintos niveles. Así, por ejemplo, el otro día alguien me contaba de un programa que usa en las facultades, un programa de ciencia en el que se plantea a los estudiantes una interesante cuestión: “¿Cómo puede ser que un mosquito vuela bajo la lluvia?” Difícil cuestión, cuando se piensa un poco en ella. Si algo impactara en un ser humano con la fuerza de una gota de agua que alcanza a un mosquito, lo abatiría inmediatamente. ¿Cómo puede, pues, el mosquito evitar el aplastamiento inmediato? ¿Cómo puede seguir volando? Si quieres seguir dándole vueltas a este asunto –dificilísimo asunto—, tienes que hacer incursiones en las matemáticas, en la física y en la biología y plantearte cuestiones lo suficientemente difíciles como para verlas como un desafío que despierta la necesidad de responderlas.
Eso es lo que debería ser la educación en todos los niveles, desde el jardín de infancia. Hay programas para jardines de infancia en los que se da a cada niño, por ejemplo, una colección de pequeñas piezas: guijarros, conchas, semillas y cosas por el estilo. Se propone entonces a la clase la tarea de descubrir cuáles son las semillas. Empieza con lo que llaman una “conferencia científica”: los nenes hablan entre sí y tratan de imaginarse cuáles son semillas. Y, claro, hay algún maestro que orienta, pero la idea es dejar que los niños vayan pensando. Luego de un rato, intentan varios experimentos tendentes a averiguar cuáles son las semillas. Se le da a cada niño una lupa y, con ayuda del maestro, rompe una semilla y mira dentro y encuentra el embrión que hace crecer a la semilla. Esos niños aprenden realmente algo: no sólo algo sobre las semillas y sobre lo que las hace crecer; también aprenden algo sobre los procesos de descubrimiento. Aprenden a gozar con el descubrimiento y la creación, y eso es lo que te permitirá comportarte de manera independiente fuera del aula, fuera del curso.
Lo mismo vale para toda la educación, hasta la universidad. En un seminario universitario razonable, no esperas que los estudiantes tomen apuntes literales y repitan todo lo que tu digas; lo que esperas es que te digan si te equivocas, o que vengan con nuevas ideas desafiantes, que abran caminos que no habían sido pensados antes. Eso es lo que es la educación en todos los niveles. No consiste en instilar información en la cabeza de alguien que luego la recitará, sino que consiste en capacitar a la gente para que lleguen a ser personas creativas e independientes y puedan encontrar gusto en el descubrimiento y la creación y la creatividad a cualquier nivel o en cualesquiera dominios a los que les lleven sus intereses.
Sobre el uso de la retórica empresarial contra el asalto empresarial a la universidad
Eso es como plantearse la tarea de justificar ante el propietario de esclavos que nadie debería ser esclavo. Estáis aquí en un nivel de la indagación moral en el que resulta harto difícil encontrar respuestas. Somos seres humanos con derechos humanos. Es bueno para el individuo, es bueno para la sociedad y hasta es bueno para la economía en sentido estrecho el que la gente sea creativa e independiente y libre. Todo el mundo sale ganando de que la gente sea capaz de participar, de controlar sus destinos, de trabajar con otros: puede que eso no maximice los beneficios ni la dominación, pero ¿por qué tendríamos que preocuparnos de esos valores?
Un consejo a las organizaciones sindicales de los profesores precarios
Ya sabéis mejor que yo lo que hay que hacer, el tipo de problemas a los que os enfrentáis. Seguid adelante y haced lo que tengáis que hacer. No os dejéis intimidar, no os amedrentéis, y reconoced que el futuro puede estar en nuestras manos si queremos que lo esté.
Lo que sigue es la traducción castellana de una transcripción editada en inglés de un conjunto de observaciones realizadas por Noam Chomsky vía Skype el pasado 4 de febrero para una reunión de afiliados y simpatizantes del sindicato universitario asociado a la Unión de Trabajadores del Acero (Adjunct Faculty Association of the United Steelworkers) en Pittsburgh, PALas manifestaciones del profesor Chomsky se produjeron en respuesta a preguntas de  Robin Clarke, Adam Davis, David Hoinski, Maria Somma, Robin J. Sowards, Matthew Ussia y Joshua Zelesnick. La transcripción escrita de las respuestas orales la realizó Robin J. Sowards y la edición y redacción corrió a cargo del propio Noam Chomsky
Traducción de www.sinpermiso.info – Miguel de Puñoenrostro. Visto en counterpunch.org

sábado, 9 de julio de 2016

John Lennon Imagine subtitulada al espaol y al ingles

Stand By Me ''John Lennon" - Subtitulado

John Lennon - Jealous Guy (subtitulos ing-esp)

John Lennon - Working Class Hero (Subtitulos Español + Lyrics)

“Los violadores no son enfermos sino gozadores del abuso de poder”



Eva Giberti: “Los violadores no son enfermos sino gozadores del abuso de poder”

Resumen Latinoamericano/ 8 de Julio 2016 .-

Una entrevista de 2012 que tiene total vigencia.

 La doctora Eva Giberti lleva muchos años estudiando el fenómeno de la violencia familiar. Sus libros son una referencia obligada al momento de analizar la situación de este drama social en nuestro país. Actualmente dirige el programa Las Víctimas contra las Violencias, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, y es la titular de la cátedra abierta Violencias de Género, que se dicta en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Misiones
El Territorio entrevistó a Eva Giberti a propósito de los crímenes aberrantes que se sucedieron en los últimos dos meses en diversos lugares de la provincia de Misiones. “Estas atrocidades pasan en Misiones y pasan en todo el mundo, porque lamentablemente muchos hombres sienten placer al lastimar, violar y matar a una mujer”, explicó la especialista en materia de violencia de género.
Según Giberti, “los violadores no son enfermos. Salvo situaciones excepcionales de hombres compulsivos que clínicamente son diagnosticados con una severa alteración hormonal, la gran mayoría de los violadores son gozadores del abuso de poder. Disfrutan antes y después de la violación porque sienten placer al aprovecharse de quien no puede defenderse o de quien le teme”.
Desde ese punto de vista, “no se puede hablar de cura o de rehabilitación para un violador, porque no se trata de una enfermedad, sino de una personalidad que siente placer por el abuso del más débil”.
En esa perspectiva, Giberti señaló que “la mayoría de los estudios internacionales demuestra que es muy escaso el índice de violadores que no vuelven a reincidir. La gran mayoría de los violadores vuelven una y otra vez a cometer estos abusos y por eso el único modo de protección que tiene la sociedad es el encierro de estas personas”.
Consultada sobre la influencia del consumo de sustancias al momento de cometer crímenes tan perversos, Giberti dijo que “el alcohol o las drogas no empujan a ningún hombre a golpear o matar a una mujer, sino que forman parte del placer del abuso del poder. Todo golpeador es un sujeto que se excita golpeando. Se excita libidinalmente y, además, acrecienta su Yo. Se siente poderoso. Todos estos delitos como las violaciones, los maltratos a mujeres o los abusos sexuales son el resultado de un abuso de poder”.
Visibilidad
Con respecto a la aparición, cada vez más seguida, de casos de violencia en contra de mujeres en los medios de comunicación, Giberti cree que “lo que creció en estos últimos años es la velocidad de la respuesta de las mujeres, que paulatinamente están atreviéndose a denunciar los malos tratos y las violencias contra ellas”.
Según la especialista, “la violencia de género existió desde el inicio de los siglos, pero ahora se ve más porque las mujeres se están animando a denunciarla”.
Luego dijo que “las mujeres están demostrando todos los días que son capaces de ganar dinero suficiente para mantener su hogar, de llegar a ocupar puestos laborales que antes eran exclusivos de los hombres, de escribir libros o manejar colectivos. Este fenómeno de exposición social esta demostrando que las mujeres no solamente son tan capaces como sus compañeros, sino que además son inteligentes y tienen fuerza. Y esta realidad para algunos hombres es insoportable, porque los corre del lugar de liderazgo social. Por eso hay tantos hombres furiosos y repletos de odio que ponen en práctica sus deseos más crueles, maltratando y matando a las mujeres”.
El peor ejemplo
Durante el diálogo con este diario, la doctora Eva Giberti destacó que “esta ola de asesinatos tan crueles a  mujeres que ocurre en Misiones también sucede en el resto del país, porque lamentablemente matar mujeres se ha transformado en una venganza cuando algunos hombres advierten que están perdiendo poder y autoridad”.
En ese sentido, la entrevistada destacó “lo que está pasando en Ciudad Juárez, en México, donde se estima que cerca de 700 mujeres fueron torturadas y asesinadas desde 1993 hasta la fecha. En general, las víctimas son mujeres jóvenes y adolescentes, de entre 15 y 25 años de edad, de escasos recursos económicos y que han debido abandonar sus estudios para comenzar a trabajar”.
Frente a este panorama, Giberti dice que “no hay una receta única para parar esta violencia contra las mujeres, pero el solo hecho de poner estas cuestiones en los medios de comunicación para que la población sepa que existe la problemática y que hay instituciones que están trabajando para revertirla, ya es un paso importante”.
Seguidamente remarcó que “es fundamental hablar de estos temas en todos los ámbitos, en las casas, en las escuelas, en los trabajos y en la calle, para formar nuevas generaciones más respetuosas del otro, como ser pleno de derecho, mas allá de su género”.
“No tener prejuicios machistas”
Los últimos crímenes que conmovieron a la sociedad misionera tienen al menos tres características comunes: todas las víctimas fueron mujeres, sus autores fueron extremadamente perversos y los hechos están siendo investigados por la Justicia local.
Durante la entrevista, Eva Giberti dijo que “lamentablemente la mayoría de los jueces no ha estudiado lo que significa el patriarcado como hecho político y por eso padecen los peores prejuicios machistas que les impiden investigar y sentenciar como correspondería”.
Seguidamente, Giberti destacó: “No me refiero solamente a los jueces hombres porque también hay juezas mujeres con cabeza machista, que en general tienen la misma confusión mental que sus colegas varones”.
En ese sentido, la funcionaria nacional dijo que “la Justicia, como poder independiente, no debería tener ningún prejuicio machista al momento de investigar cualquier delito cometido contra las mujeres”.
Seguidamente Giberti  explicó que alguno de esos prejuicios machistas señalan que “si una mujer protesta es porque es una histérica o está loca. Si la violaron siempre cabe la sospecha de que era porque usaba una minifalda muy corta o porque fue la provocadora del abuso. Y si el marido la mata, saldrá en las noticias como crimen pasional, porque ella era infiel y no limpiaba la casa como corresponde”.
Según Giberti, “el sistema judicial debería entender que el número de violaciones, femicidios y la Trata de Personas para prostitución aumenta porque es creciente la escalada de violencia hacia las mujeres. Esto tiene trasfondo político y económico estructural basado en el sistema patriarcal, que abarca la opresión en el trabajo, la prostitución, las agresiones, la violación que explota y mata a las mujeres como mecanismo de dominación”.
El perfil
 Eva Giberti (73)
Psicóloga, psicoanalista y asistente social egresada de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
En 1957 creó la primera Escuela para Padres de la Argentina. Integró el Consejo de los Derechos del Niño, Niña y Adolescencia de la Ciudad de Buenos Aires hasta el año 2006. Trabajó fuertemente para incorporar el delito Trata de Personas como política de Estado en la Argentina. En 2008 creó la Oficina de Rescate de Personas Damnificadas por el Delito de Trata. Fue docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en la Especialización de Postgrados en Violencia Familiar y en la Universidad de Ciencias Sociales y Empresariales (Uces) en Psicología Forense.
Actualmente es la coordinadora del programa las Víctimas contra las Violencias, que funciona en la órbita del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación.

sábado, 18 de junio de 2016

Diseño para el uno por ciento

ARQUITECTURA


Diseño para el uno por ciento

ALEX COCOTAS
Miércoles 15 de junio de 2016
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Zaha Hadid, arquitecta pionera y primera mujer en obtener el premio Pritzker, murió en marzo a la edad de 65 años. Su visión y su ambición han sido merecidamente ensalzadas en las semanas posteriores, pero su fallecimiento también nos brinda la ocasión para reflexionar críticamente sobre la arquitectura contemporánea. No hace tanto tiempo, los arquitectos más destacados del planeta debatieron sobre la manera en que la arquitectura podría servir para transformar la sociedad creando viviendas para los trabajadores, mejorando la salud pública y favoreciendo la solidaridad social. Hoy en día, la arquitectura mundial está poblada de “arquitectos estrella” que, como Hadid, están especializados en megaproyectos para la élite mundial.
Algunas de las obras de estos arquitectos son hermosas, desde luego, pero en muchos casos también comportan el derroche de dinero público, facilitan prácticas corruptas y explotadoras y refuerzan un modelo de planificación que excluye a la población de la toma de decisiones. Muchas creaciones arquitectónicas están mal construidas, generan costes de mantenimiento desorbitados (después de sobrepasar con creces el presupuesto estipulado) y dejan completamente de lado a la gente que vive en el entorno. Sirva de ejemplo uno de los primeros edificios de Hadid, una estación de bomberos /1: estéticamente atractiva, resultó poco práctica para los bomberos y más tarde se convirtió en un museo.
Y el escultural edificio Maxxi en Roma que diseñó Hadid/2: en algunos aspectos es un diseño maravilloso, aunque también se asemeja a una fortaleza que no se integra en el vecindario circundante ni interactúa con él. El New York Times informa de que el coste de mantenimiento del edificio es de 6,6 a 7,9 millones de dólares al año (que hay que sumar a los 150 millones que costó la construcción), más que el presupuesto anual del museo, subvencionado por el Estado italiano, de modo que en varias ocasiones ha habido que inyectar dinero adicional para rescatarlo.
La arquitectura es una disciplina única por su inherente valor social y utilitario. Nadie perdió su hogar cuando Dylan se pasó a la guitarra eléctrica. Nadie contrajo una deuda enorme por imprimir la última novela de Franzen. Pero la gente común, le guste o no, tiene que apechugar con las consecuencias de las creaciones arquitectónicas. Un edificio puede destruir tu vecindario, destruir la base de tu sustento, destruir tu vida. Sin embargo, muchos arquitectos famosos, y la mayoría de críticos arquitectónicos, no son capaces de reconocer la realidad fundamental de que la arquitectura no es un compartimiento estanco de virtudes estéticas y adjetivos vagos, sino un producto del contexto político, económico y social. Un contexto definido en gran medida por las prerrogativas de la élite. Por ejemplo, el complejo Dongdaemun Design Plaza de Seúl, concebido por Hadid y que costó 450 millones de dólares, era el proyecto estrella del ex alcalde Oh Se-hoon, quien dimitió después de oponerse a un programa de comedores escolares gratuitos. La construcción del complejo multifuncional desplazó a 900 comerciantes locales y causó la destrucción de un histórico estadio de béisbol que seguía utilizando la comunidad.
El Centro Heydar Alíyev en Azerbaiyán es un ejemplo aún más ilustrativo del carácter insidioso de la arquitectura contemporánea. Hadid elaboró este proyecto junto con el presidente azerí Ilham Alíyev –cuyos abusos de los derechos humanos, corruptelas y nepotismo recuerdan a una época feudal– para contribuir a transformar la capital azerí en el nuevo “centro cultural global” (en palabras de Baku, una revista trimestral editada por la hija del presidente y publicada por Condé Nast). El diseño de Hadid para el centro, que lleva el nombre del padre del presidente Alíyev, entusiasmó a la crítica arquitectónica y ganó el premio al diseño del año 2014 del Museo del Diseño de Londres, lo que no sirvió de consuelo para las 250 familias expulsadas de sus hogares para permitir la ejecución de la obra.
La gigantesca galería comercial Galaxy Soho en Pekín también se halla en terreno disputado. La obra desplazó un barrio de tradicionales hutongs, cuyos vecinos dicen que sus terrenos fueron objeto de expropiación forzosa. El estudio de Hadid insiste en que la zona ya no estaba habitada cuando ellos se implicaron en el proyecto y que este se ajustaba a la normativa legal, pero la corrupción en materia de compraventa y recalificación de terrenos es endémica en China. Tal vez el ejemplo más claro de la relación de la arquitectura con estructuras más amplias de opresión sea la obra de Hadid en Catar, donde diseñó el estadio Al Wakrah para la Copa del Mundo. Cuando le preguntaron en una entrevista realizada en febrero de 2014 sobre las condiciones laborales en los países del Golfo –semiesclavismo, robo de salarios, muerte de trabajadores–, Hadid respondió que “ no tengo nada que ver con los trabajadores. Creo que es una cuestión que corresponde abordar al gobierno, si es que hay un problema. Espero que todo esto se resuelva ”. Presionada, alzó los brazos retóricamente y dijo: “ No me lo tomo a la ligera, pero creo que de esto debe ocuparse el gobierno. No es mi deber como arquitecta meterme en estas cuestiones.”
Los “arquitectos estrella”
Los arquitectos no siempre se han mostrado tan indiferentes ante los trabajadores. En efecto, la aversión por el ornamento, que como es sabido preconizaba la arquitectura moderna, respondía menos a un juicio estético que a la oposición a la explotación laboral. Como señaló el arquitecto austriaco Adolph Loos en su ensayo de 1908 titulado “Ornamento y delito”, el ornamento perpetúa las malas condiciones de trabajo, las largas jornadas y los bajos salarios. Cuanto menos ornamento, más salario y menos trabajo: “El ornamento”, escribió, “ es fuerza de trabajo malgastada y por tanto salud dilapidada.” Para los arquitectos modernos que siguieron a Loos, la creación de viviendas asequibles para los trabajadores era un imperativo moral que podía cambiar profundamente la naturaleza de la sociedad. En la cumbre de sus carreras, arquitectos como Le Corbusier y Walter Gropius (y Bruno Taut y Ernő Goldfinger) seguían diseñando grandes proyectos residenciales.
Hoy en día, sin embargo, las obras de los arquitectos estrella comprenden toda una panoplia de proyectos y clientes dudosos. Santiago Calatrava ha dejado un reguero de construcciones chapuceras cuyo coste ha superado en numerosas ocasiones el presupuesto acordado, como en el caso reciente de los 4 000 millones de dólares de la estación de tránsito del Bajo Manhattan. Rafael Viñoly y Frank Gehry han diseñado edificios que emiten reflejos cegadores sobre muchos vecinos desprevenidos. El edificio de CCTV en Pekín, concebido por Rem Koolhaas, una de las obras más celebradas de los últimos años, es más que una maravilla de la técnica: es un instrumento de propaganda para el Estado chino. Norman Foster no tuvo ningún reparo en cooperar con el gobierno autoritario de Kazajistán para crear el irónicamente llamado “Palacio de la Paz y la Reconciliación”. Abu Dabi ha reunido una constelación de arquitectos estrella para erigir tanto un complejo de entidades culturales como una sucursal de la Universidad de Nueva York llamada “Isla de Felicidad”, construida, por supuesto, por trabajadores esclavizados en condiciones no tan felices.
En ningún otro segmento es más clara la ruptura con el pasado de sensibilidad social que en el de la vivienda. Cuando estos arquitectos estrella construyen edificios residenciales, lo hacen para millonarios y milmillonarios. El proyecto de viviendas más grande de Frank Gehry es el que se halla en 8 Spruce Street, en el Bajo Manhattan, donde el alquiler de un apartamento medio asciende a más de 5 500 dólares al mes (solo asequible para alguien que gana unos 14 000 dólares mensuales netos). Bernard Tschumi, el izquierdista radical del grupo, hizo su primera incursión en el ámbito de la vivienda con el Blue Condo, en la parte oriental del Bajo Manhattan. ¿Precio medio de compraventa? 1,5 millones de dólares. Claro que estas son relativas gangas en comparación con otros proyectos estelares. Los apartamentos con que Hadid debutó en Nueva York, de próxima inauguración, cuestan entre 4,9 millones y 50 millones de dólares. El proyecto de Rafael Viñoly en 432 Park Avenue incluye un ático de 95 millones de dólares.
Dado que los arquitectos se deben en gran medida a su clientela, su predilección por el diseño de residencias de lujo se puede atribuir en parte a los cambios acaecidos en el mercado de la vivienda y en la economía mundial. Pero tampoco podemos dejar que se vayan de rositas con tanta facilidad. En su gran mayoría, los arquitectos de élite se han desentendido de toda idea de hacer que la unidad arquitectónica más básica sea asequible para todos. La excepción destacada que prueba la regla es Alejandro Aravena, el último galardonado con el premio Pritzker, que ha desarrollado los planos para la construcción viviendas de bajo coste que ha ofrecido gratuitamente. En cambio, los proyectos de viviendas de lujo que elaboran sus compañeros de profesión son manifestaciones de la plutocracia que de paso elevan el coste de la vida para la amplia mayoría de los habitantes de las ciudades. Impulsores de la gentrificación, Hadid y los demás arquitectos estrella han puesto sus talentos al servicio de un modelo urbanístico que erige monumentos simbólicos para las élites en vez de mejorar las condiciones de vida de la gente común.
El “efecto Bilbao”
Desde que Frank Gehry diseñó el Museo Guggenheim para el Bilbao postindustrial, convirtiendo de golpe la ciudad en un destino turístico, ayuntamientos de todo el mundo han aflojado cientos de millones de dólares de dinero público para construir edificios de uso cívico y cultural. Sus impulsores entienden que estas instituciones culturales atraerán nuevos flujos de capital transnacional, más inversiones inmobiliarias, más turistas, más “plataformas de innovación”, etc. La sopa de palabras de moda es un pozo sin fondo. Sin embargo, esos proyectos no abordan los problemas estructurales –el declive industrial, los salarios y la inversión pública– que han precipitado su supuesta necesidad. Su propósito no es “revitalizar” la ciudad, sino globalizarla.
En la fase de planificación no pasan por alto a la gente pobre, pero una vez realizada la obra, esta gente se ve desplazada, apartada del espacio público por sus sustitutos idealizados. Los principales beneficiarios son los turistas culturales, los grandes propietarios de inmuebles y los egos de los cargos públicos. ¿Anhelaban los habitantes de Dongdaemun un complejo para exposiciones internacionales diseñado por Hadid en medio de su barrio? ¿Necesitaba Guangzhou realmente un gran teatro de la ópera? ¿Acaso se molestó alguien en preguntar a los moradores de la ciudad?
Los defensores de esta clase de proyectos apuntan a manudo a la creación de puestos de trabajo para justificarlos. No obstante, aunque la construcción de esos brillantes centros culturales suele generar puestos de trabajo bien pagados para obreros de la construcción sindicalizados, estos siempre son temporales. Una vez terminada la obra y puesta en marcha la institución, predominan los puestos de servicios mal remunerados. Un museo precisa unos cuantos curadores e investigadores (que no necesariamente perciben salaries elevados) y muchos más vigilantes, guías turísticos y cajeros. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), el salario inicial de un trabajador es de 29 000 dólares, alcanzando un máximo de 50 000 dólares para los administrativos no ejecutivos. Además, la esperada aparición de comercios en el vecindario, que constituye el objetivo último de muchos de estos proyectos, genera en gran medida la proliferación de camareros, cocineros, dependientes, etc., en un modelo de desarrollo económico que gira en torno a una clientela más bien acomodada. Lejos de ser una solución para los trabajadores que viven en la ciudad, los grandes beneficiarios son de nuevo los propietarios inmobiliarios y el capital.
En nuestra época de austeridad, la locura del planteamiento de tipo Bilbao salta todavía más a la vista. Mientras los habitantes se enfrentan a una elevada tasa de paro, a salarios estancados, al aumento del coste de la vida y al recorte de los servicios públicos, los ayuntamientos dedican recursos significativos a proyectos creados –de hecho o intencionadamente– para los turistas. Es probable, por ejemplo, que los habitantes de Roma no necesitaran un nuevo museo de arte contemporáneo. Los artistas locales necesitan alquileres baratos y galerías para exponer. Es indudable que la población italiana en general necesita inversiones públicas en puestos de trabajo y servicios sociales, no en vano la tasa de paro juvenil en este país es actualmente del 37 %. Lo que le han dado, en cambio, es el edificio Maxxi diseñado por Hadid, inaugurado en 2010.
Otro argumento que suele esgrimirse en defensa de estos edificios invoca las grandes catedrales europeas: ¿acaso no eran templos caros para las élites? ¿Acaso no superaron también el presupuesto en cierto modo? ¿No ha demostrado su longevidad su valor intrínseco? Dejando de lado el hecho de que la Europa medieval no es un buen barómetro moral para nosotros, existe una diferencia fundamental: esas iglesias eran utilizadas por todo el mundo. Servían de centro social, de casa consistorial, de plaza de mercado, eran la manifestación de las mayores aspiraciones espirituales de la comunidad, el lugar que daba sentido a la vida. Pocos edificios actuales, diseñados por arquitectos estelares, alcanzan estas alturas; eran más aptos (hasta que quedaron prohibidas en la ciudad de Nueva York) para incluir “puertas para pobres”.
El refugio del arquitecto
Tampoco hay que echar toda la culpa por el actual estado de cosas a los arquitectos. En la década de 1960, y especialmente en la de 1970, estaba incubándose una fuerte reacción contra la arquitectura moderna socialmente sensible, ridiculizándola por su homogeneidad percibida y su abstracción descontextualizada del lugar; según la acusación común: hileras de cubos monótonos y grises, o simplemente aburridos y feos. El brutalismo –una derivación de la modernidad, conocida por su uso extensivo de hormigón visto– fue objeto de una crítica particularmente dura. Del mismo modo proliferaron las burlas sobre los proyectos de viviendas públicas, muy asociadas con la arquitectura moderna. Esta campaña culminó con la demolición televisada a escala nacional del complejo de viviendas Pruitt-Igoe, de Saint Louis, en el año 1972, cuya fecha pasaría a marcar el día “en que murió la arquitectura moderna”, según el crítico de arquitectura Charles Jencks.
En el fondo, la arquitectura moderna abanderada por Walter Gropius, Le Corbusier y otros fue un intento de crear un enfoque que fuera un prisma de su época. Surgida en la atmósfera febril de la primera guerra mundial, la arquitectura moderna hizo de la máquina un icono, de la fábrica un templo y del racionalismo su filosofía de cabecera. “La vivienda es una máquina para vivir”, reza la famosa frase de Le Corbusier. Además, era más fácil y barato construir: gracias a las técnicas de prefabricación y los nuevos materiales de construcción, era posible fabricar una casa en una factoría y a un precio significativamente más bajo y por tanto crear viviendas modernas de alta calidad para el conjunto de la sociedad.
Muchos de los arquitectos de la modernidad eran socialistas o comunistas. Le Corbusier, quien trabajó tanto para la Unión Soviética como para la Francia de Vichy, mostró una actitud más tecnocrática y antirradical. Para él, la adopción de un programa racional de construcción masiva de viviendas aporta al “hombre moderno” un confort material e higiénico como consolación por la destrucción del mundo tradicional, contribuyendo así a evitar la revolución. No obstante, incluso Le Corbusier mostró una mayor preocupación por los pobres que la mayoría de los arquitectos prominentes de hoy.
Durante un tiempo, los edificios sin ornamentos y los cálculos utilitarios de Le Corbusier y sus colegas de la modernidad marcaron la pauta. Cuando se inauguró Pruitt-Igoe/3 en 1954, la obra dio la medida de la influencia del nuevo estilo arquitectónico. En la década siguiente, al deteriorarse las condiciones dentro de los edificios, se convirtió en el hecho condenatorio de la arquitectura moderna. Sin embargo, los detractores omitieron el contexto social: Saint Louis, al igual que otras ciudades de EE UU, estaba luchando con una base industrial menguante y la rápida huida de los blancos. La gran mayoría de los residentes de Pruitt-Igoe eran negros, a los que se les impedía efectivamente instalarse en los nuevos suburbios mediante políticas racistas de hecho y de derecho.
También hay que responsabilizar al Estado de las malas condiciones imperantes en Pruitt-Igoe. El mantenimiento de los edificios fue deficiente, se incrementaban los alquileres para los residentes empobrecidos y se rompieron por la fuerza los lazos comunitarios. No se permitía a los padres permanecer con sus familias en el complejo residencial porque el Estado consideraba que esto era indecoroso para las receptoras de asistencia social. Sin embargo, algunos examinaron los problemas de la vivienda pública y decidieron que la culpa era de la arquitectura.
Lo que comenzó como una reacción estética –“menos es un fastidio”, bromeó el arquitecto posmoderno Robert Venturi– se transformó en una crítica más general de la ética social de la modernidad. Se calificó a los arquitectos modernos de pretenciosos por pensar que podían cambiar el mundo y de elitistas por considerar que sabían qué deseaba la gente. La arquitectura, dominada por la corriente moderna y sus variantes durante casi medio siglo, luchaba por hallar un nuevo lenguaje y sentido. En respuesta a estos retos, los arquitectos se apartaron de la modernidad y su política explícita y trataron de infundir a los edificios un carácter semiótico: referencias “fantasiosas” al pasado o deconstrucciones metafísicas de los edificios.
Hadid, por ejemplo, solía citar el suprematismo ruso como influencia determinante de su obra. Posiblemente el primer movimiento artístico “puramente” abstracto, el suprematismo evitaba toda referencia objetiva en la realidad (cuyo ejemplo más famoso es el Cuadrado negro del fundador del movimiento, el pintor Kasimir Malévich). Pero lo que más atrajo a Hadid fue el aspecto teórico: la posibilidad de una arquitectura puramente abstracta, ajena a la política radical de los profesionales. Malévich identificaba su “revolución” en el arte con la revolución rusa, y El Lissitzky creó algunas de las imágenes más icónicas de la Unión Soviética, a las que dedicó casi la totalidad de su vida profesional. (La admiración, al final, no fue mutua: el arte abstracto fue suprimido bajo Stalin por ser ideológicamente sospechoso y sustituido por el realismo socialista.)
En cambio, Patrick Schumacher, la principal referencia teórica de Hadid, es un ferviente libertario que sueña con un “urbanismo radical de libre mercado” y clama contra la “corrección política” en la arquitectura (por ejemplo, contra la “preocupación por los desfavorecidos”). Este cambio ayudó a la mayoría de arquitectos de primera fila a conservar la imagen del esteta etéreo y al mismo tiempo a deshacerse de los lastres de la sustancia política.
La estructura por la estructura
Todavía quedan muchos arquitectos con sensibilidad social que preferirían concebir y construir viviendas sociales o ejecutar proyectos progresistas. Sin embargo, a menudo chocan con impedimentos estructurales que impiden colmar su ambición. Cursar una carrera de arquitectura en EE UU cuesta dinero. Además de los estudios de pregrado, el aspirante a arquitecto ha de completar tres años de facultad, y como en todos los aspectos de la enseñanza superior, el precio ha aumentado últimamente. En la Escuela de Arquitectura de Yale, un año de estudio (sin incluir el alojamiento y la manutención) cuesta 46 500 dólares. Las universidades públicas cuestan menos, pero tampoco son baratas: las tasas para los estudiantes del Estado de California en la UCLA ascienden a unos 24 000 dólares, sin contar los demás gastos.
Enormemente endeudados, los arquitectos que se licencian están ansiosos por quitarse de encima esa carga a la mayor brevedad posible. Sin embargo, los salarios iniciales no son especialmente elevados, en particular para quienes trabajan en proyectos con conciencia social. Trabajar para una empresa anodina, si uno consigue que le contraten, ofrece seguridad y prestaciones. Trabajar para una estrella ofrece la posibilidad de adquirir fama, con el potencial de lograr un atisbo de libertad creativa: la libertad para elegir en qué proyectos quiere participar uno, o al menos para ir amortizando la deuda.
La escasa remuneración de los jóvenes arquitectos no refleja necesariamente su importancia relativa en el flujo de trabajo. Según la profesora de arquitectura Peggy Deamer, a medida que la profesión abandona el modelo de aprendizaje y pasa a basarse en complejos programas informáticos –que los arquitectos más veteranos no saben manejar muy bien–, los jóvenes son cada vez más responsables de tomar decisiones importantes en materia de diseño. Sin embargo, la mayor responsabilidad no comporta una mayor retribución. Un problema adicional es la pedagogía de las facultades de arquitectura, que se centra en gran medida en la estética en detrimento del contexto social.
Claro que el principal obstáculo para un renovado planteamiento social en la arquitectura radica en el abandono por parte del Estado de la construcción de viviendas sociales y proyectos similares. Antes de imponerse la política neoliberal, el Estado era el gran benefactor de muchos jóvenes arquitectos, llevándoles a actuar de acuerdo con sus propensiones progresistas. En el mundo de después de Pruitt-Igoe, la idea misma de vivienda pública se ha empañado. Los cambios ideológicos más generales en la economía y el sistema político –más o menos contemporáneos con el declive de la arquitectura moderna– también han hecho inimaginable cualquier plan estatal ambicioso de creación de viviendas asequibles. Citemos algunos: el desmantelamiento del Estado de bienestar; la fetichización de la eficiencia del mercado libre y la promoción consiguiente de la privatización; la creciente financiarización de la sociedad, que concibe la vivienda más como una inversión que como un lugar para vivir.
Mientras que los arquitectos no pueden dictar el contenido de la política de promoción pública de viviendas, sí que pueden desarrollar un discurso que cuestione el consenso imperante. El caso es que en gran medida no lo han hecho. Al igual que los tan denostados bloques de viviendas de promoción oficial, la arquitectura ha absorbido el contexto circundante. Antaño contestataria, la arquitectura ahora no solo se acomoda con el sistema económico, sino que agranda sus peores impulsos, edificando sus burdos excesos con envoltorios de acero y vidrio para darles un aire de altiva benevolencia, cuando carecen de cualquier misión social que no sea la exhibición de su propio brillo. Se ha convertido en la estructura por la estructura.
Arquitectura para el pueblo
En las semanas posteriores al fallecimiento de Hadid, los comentarios en su gran mayoría elogiosos de los medios de comunicación se centraron en la figura de Hadid como persona. Recalcaron el hecho de que fuera árabe y mujer. (Dicho sea en mérito suyo, fue una gran defensora de las mujeres sobre el terreno.) El único artículo negativo giró casi enteramente en torno a su personalidad. Los comentarios sobre Hadid anteriores a su muerte reflejaban la misma fascinación con los aspectos personales. Tenían la extraña tendencia a describir en detalle sus manos (u otros atributos físicos), especular sobre su estado de ánimo o explayarse en torno a sus diversas indumentarias. Casi siempre se trataba del carácter semiótico de Zaha Hadid. Si bien hubo muchas exposiciones dedicadas a sus diseños –maravillándonos colectivamente una y otra vez–, pocas exploraron el contexto social y las implicaciones de su arquitectura. Fueron escasas las que examinaron el significado de su obra para el público urbano y si este contradecía la hagiografía emergente.
Frente a Hadid y otros, una arquitectura verdaderamente revolucionaria se preguntaría cómo proveer de una vivienda permanente de calidad a los casi mil millones de personas que viven actualmente en chabolas y cómo crear viviendas asequibles para los millones de personas que se han visto menoscabadas por la carestía global en zonas urbanas. No se trata únicamente de cuestiones morales. La incapacidad de los gobiernos para afrontar realmente los males sociales constituye, entre otras cosas, un gran impedimento para que las ciudades se conviertan en los lugares compatibles con el medio ambiente y eficientes en el uso de recursos que necesitamos.
Tampoco hemos de prescindir de las consideraciones estéticas en la búsqueda de la justicia. Una arquitectura socialmente consciente no necesita recuperar los austeros cubos de hormigón ni, en el otro extremo del espectro, esa especie de urbanismo de “fin de la historia” que preconizan ciertos tradicionalistas. Todavía podemos ofrecer una estética radical. Todavía podemos contar con un desenfrenado mosaico de estilos y estructuras. El propósito es crear espacios públicos bonitos e inclusivos y ciudades que estén al servicio de sus habitantes. La Grand Central Station de Manhattan es –y en esto coincide casi todo el mundo– un edificio espléndido; lo mismo cabe decir de la Biblioteca Pública de Nueva York, y millones de neoyorquinos corrientes utilizan ambos lugares todos los años.
No hace mucho, Frank Gehry espetó a un periodista español que puso en duda la utilidad de sus edificios: “En el mundo en que vivimos, el 98 % de lo que se construye y diseña actualmente es pura mierda.” Esta “pura mierda” es donde alrededor del 98 % de nosotros estamos condenados a vivir. Gehry y Hadid y otros arquitectos estrella crean arquitectura para el otro 2 %. Son los que viven en los apartamentos de muchos millones de dólares; son los que logran ver la casa de la ópera por dentro; son los que trabajan en los lujosos despachos de las grandes entidades o toman el avión para contemplar el siguiente acontecimiento cultural global en busca de emociones arquitectónicas. Necesitamos menos Gehry, menos Hadid, menos egotectura vanidosa. Necesitamos más mierda, más mierda hermosa para todos los demás.
https://www.jacobinmag.com/2016/06/zaha-hadid-architecture-gentrification-design-housing-gehry-urbanism/
6/2016
Notas:
1/ https://es.wikiarquitectura.com/index.php/Estaci%C3%B3n_de_Bomberos_Vitra
2/ http://www.plataformaarquitectura.cl/cl/624566/museo-maxxi-zaha-hadid-architects
3/ https://es.wikipedia.org/wiki/Pruitt-Igoe
Traducción: VIENTO SUR

domingo, 21 de febrero de 2016

SIGLO DEL FRAUDE

Desde los últimos años del siglo XX el fraude se ha instalado en la política exterior de Estados Unidos con unos nuevos ropajes. Utilizando falsos pretextos, Washington desmanteló Yugoslavia y Serbia con el fin de seguir los pasos de una agenda no declarada. En el siglo XXI, este fraude se ha multiplicado  varias veces.
Afganistán, Irak, Somalia y Libia han sido destruidos, e Irán y Siria también habrían seguido el mismo camino si el Presidente ruso no lo hubiera impedido. Washington también está detrás de la actual destrucción de Yemen, y Washington está financiando la destrucción israelí de Palestina. Además, Washington ha intervenido en Pakistán sin una declaración de guerra, asesinando a mujeres, niños y ancianos bajo el pretexto de la “lucha contra el terrorismo”. Los crímenes de guerra de Washington rivalizan con las atrocidades cometidas por otros países a lo largo de la historia.
He documentado estos crímenes en mis artículos y libros, publicados por Clarity Press. Aquellas personas que todavía crean en la pureza de las intenciones de Washington en su política exterior, son unas almas cándidas.
Rusia y China tienen actualmente una alianza estratégica que resulta demasiado fuerte a los ojos de Washington. Rusia y China están impidiendo que Washington se inmiscuya en sus intereses nacionales y ponga en peligro su seguridad. Los países que tienen importancia para Rusia y China estarán protegidos por esa alianza. A medida que el mundo se despierta y ve los males que Occidente representa, más países buscarán la protección de Rusia y China.
Estados Unidos también está fallando en el frente económico. En mis artículos y en mi libro “El fracaso del Capitalismo del laissez faire”, escrito en inglés y traducido al chino, coreano, checo y alemán, he demostrado cómo Washington ha quedado al margen, con un efecto positivo en la gestión a corto plazo, mientras que los accionistas y Wall Street han vaciado la economía estadounidense, desviando los empleos de la Industria, los avances tecnológicos, así como la competencia profesional, hacia China, la India y otros países, dejando a Estados Unidos como una economía tan desmembrada que los ingresos familiares medios están descendiendo en los últimos años. Hoy en día, el 50% de los jóvenes en torno a los 25 años de edad viven con sus padres o abuelos, porque no pueden encontrar un empleo que pueda garantizarles una independencia económica. Este hecho es ocultado por los medios de comunicación, que hablan de unas historias imaginarias de recuperación económica de Estados Unidos.
Es tan diferente lo que se cuenta de la situación real, que una queda estupefacto. Como ex profesor de Economía, editor de The Wall Street Journal y Secretario Adjunto del Tesoro para la Política Económica, me sorprende la corrupción que reina en el sector financiero, en el Tesoro, las Agencias de regulación financiera, en la Reserva Federal. En otros tiempos, los procesamientos y las sentencias habrían llevado a prisión a los banqueros y altos funcionarios del Gobierno.
En Estados Unidos no hay mercados financieros libres. Todos los mercados están manipulados por la Reserva Federal y el Tesoro. Los organismos reguladores, controlados por esos otros organismos, cierran los ojos, e incluso si no lo hacen, se ven incapaces de hacer cumplir las leyes, porque los intereses privados son más poderosos que las leyes.
Incluso los organismos que elaboran las estadísticas para el Gobierno están corrompidos. Las medidas de inflación se han inventado con el fin de minimizar la inflación. Esta mentira no sólo ahorra a Washington el pago de las pensiones de acuerdo con el aumento del coste de la vida, sino que sustrae dinero que se emplea en más guerras; del mismo modo, subestimando la inflación, el Gobierno puede fingir un aumento real del PIB, contando la inflación como un crecimiento real, del mismo modo que el Gobierno da una tasa de paro del 5% no contando a los trabajadores que desanimados ya no buscan empleo, una vez que se han dado por vencidos. La tasa oficial de desempleo es del 5%, pero nadie encuentra un trabajo. ¿Cómo puede ser el desempleo del 5% cuando la mitad de los jóvenes en torno a 25 años de edad están viviendo con sus parientes porque no pueden permitirse una existencia independiente? Como ha dicho John Williams, de incluir a aquellos estadounidenses que han dejado de buscar trabajo porque no hay empleo, la tasa sería del 23%.
La Reserva Federal, una herramienta de un pequeño número de Bancos, ha logrado hacer creer que hay una recuperación económica desde junio de 2009, imprimiendo miles de millones de dólares que encuentran su camino no en la economía, sino en los precios de los activos financieros. Un mercado de acciones mantenido artificialmente es la prueba de unos medios financieros prostituidos que crean la ilusión de una economía en auge.
Un pequeño número de personas que saben esto, y sólo se trata de un pequeño número, señalan que no ha habido tal recuperación desde la recesión anterior, que se mantiene todavía viva. John Williams ha dicho que la producción industrial estadounidense, cuando se ajusta debidamente por la inflación, no ha llegado a los niveles de 2008, y mucho menos al pico del año 2000, y de nuevo ha bajado.
El consumidor estadounidense está consumido, abrumado por las deudas y con unos ingresos que no aumentan. La política económica de Estados Unidos se centra en el ahorro de un puñado de Bancos de Nueva York, no en el ahorro del conjunto de la economía estadounidense.
Los economistas y otros cómplices de Wall Street no hablarán de la caída de la producción industrial de Estados Unidos, que se ha convertido en una economía de servicios. Los economistas dirán en todo caso que se trata de unos servicios de alta tecnología acorde con una nueva economía, pero en realidad se trata de camareros, vendedores a tiempo parcial, y servicios ambulatorios de salud. Todo ello ha sustituido a la fabricación y los trabajos de ingeniería, considerablemente más económico, colapsando la demanda agregada efectiva en Estados Unidos. En ocasiones los economistas neoliberales quizás reconozcan que hay problemas, pero los atribuyen a China.
No está claro que la economía estadounidense pueda ser levantada. Para reactivar la economía estadounidense haría falta regularizar el sistema financiero, y una recuperación de los puestos de trabajo y del PIB de Estados Unidos, que la deslocalización se llevó a otros países. Haría falta, como ha señalado Michael Hudson en su nuevo libro, Matando al anfitrión, una revolución en la política fiscal que impida que el sector financiero se quede con los excedentes económicos y la capitalización de la deuda mediante el pago de intereses al sector financiero.
El Gobierno de Estados Unidos, controlado por unos intereses económicos corruptos, nunca va a permitir que se intervenga con políticas que incidan sobre todo aquello que pueda perjudicar a los que tienen poder de decisión en dichas políticas y en los resultados de Wall Street. Hoy en día, el Capitalismo hace dinero mediante la venta de la economía estadounidense y de las personas que dependen de ella.
En este Estados Unidos libre y democrático, el Gobierno y la Economía sirve a unos intereses muy alejados de los intereses de los estadounidenses. Esta traición está oculta detrás de un enorme trampantojo erguido con la propaganda de los economistas el libre mercado y las mentiras de los medios financieros que se prostituyen para sobrevivir.
Cuando Estados Unidos falle, también los harán los Estados vasallos de Washington, Europa, Canadá, Australia y Japón. A menos que Washington destruya el mundo mediante una guerra nuclear, el mundo se rehará, y este Occidente corrupto y disoluto quedará en una mera insignificancia en el nuevo panorama del mundo.
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Paul Craig Roberts es un economista estadounidense, autor, columnista, Exsecretario adjunto del Tesoro, y Exeditor y columnista en varios medios corporativos. Es autor de El fracaso del Capitalismo del Laissez Faire. Puede visitar su sitio web.