Hombre en llamas

Hombre en llamas
Hombre en llamas. Orozco, J.C. Algunos críticos interpretan el mural como una glorificación de los cuatro elementos, otros ven en cada una de las figuras una simbología inherente al hombre mismo: el hombre teológico (que simboliza la tierra), el cual despierta en el mundo y convierte en dioses los fenómenos naturales que no comprende; el hombre metafísico (que simboliza el viento), el cual empieza a tener conciencia, reflexionando sobre la realidad del mundo; el hombre científico (que simboliza el agua), el cual analiza los fenómenos, los objetos, penetrando con su razón en sus esencias. Finalmente el hombre de fuego que debería simbolizar a Prometeo, el que rebelándose a los dioses entregó a los hombres la chispa del fuego, la cual representa al mismo tiempo la razón y la libertad. Así el hombre, ya libre, crea las artes en su constante lucha de superación; el hombre hecho fuego de pasiones, de anhelos de conquistas, pero sobre todo dueño de su vida, de su destino y de sus decisiones.

domingo, 21 de agosto de 2016

León Trotsky, un revolucionario de nuestra época


20 de agosto de 2016 
León Trotsky, un revolucionario de nuestra época
A 76 años del asesinato de León Trotsky, reproducimos el presente artículo de Jorge Altamira, publicado en Prensa Obrera número 1142, de agosto de 2010

Cuando la pica de un asesino sin paralelo ponía fin, hace setenta años, a la vida de León Trotsky, se producía el crimen de lesa humanidad por antonomasia. El ingreso de la humanidad a la mayor barbarie de su historia exigía el aniquilamiento de todos aquellos verdaderamente capaces de ponerle un fin por medio del arma ya probada de la revolución proletaria.

El asesinato de Trotsky tiene lugar en un definido cuadro contrarrevolucionario mundial: las victorias del fascismo, el franquismo, el nazismo y el stalinismo. Estamos en las postrimerías del pacto Hitler-Stalin y en las vísperas de la invasión hitleriana a la Unión Soviética - el escenario de la primera gran revolución obrera de la historia. La escuela del asesino de Trotsky son los crímenes contra los revolucionarios anarquistas y socialistas cometidos por el stalinismo (en primer lugar, Victorio Codovilla, jefe del partido comunista de Argentina), para evitar un segundo Octubre en la España revolucionaria. Antes la victoria del franquismo que  una segunda revolución proletaria - que efectivamente hubiera bloqueado la segunda guerra mundial y cambiado el rumbo de los acontecimientos. Destrozar los cerebros de la revolución curtidos por cuatro décadas de lucha revolucionaria se había transformado en la tarea urgente de la contrarrevolución internacional. Para allanar el camino a la guerra, había que destruir antes a quienes podían transformarla en una guerra civil internacional. Ninguna ‘comunidad internacional' se alzó entonces para declarar la imprescriptibilidad de esos crímenes, los más imprescriptibles de todos porque no serán zanjados en los tribunales de justicia sino en los campos de batalla de la historia. En los años 36-38, Stalin acababa con todo el comité central viviente que había dirigido la revolución de Octubre. La mueca de la historia, implacable ella, había puesto al frente de los tribunales al mismo Vischinsky, un ex menchevique, que en marzo de 1917 había pedido la captura de Lenin (para su eventual fusilamiento) bajo la acusación, en plena guerra, de agente alemán. Este verdugo de todas las estaciones alcanzó su obsesión dos décadas más tarde bajo la batuta de Stalin. El asesinato de Trotsky no ocurrió fuera del tiempo y el espacio sino en condiciones políticas precisas, cuando, solo, se erguía como el último baluarte de la revolución contra la barbarie en marcha de la ilustrada burguesía internacional. El asesinato de Trotsky - el único que previó el holocausto judío apenas Hitler venció, sin resistencia, al proletariado alemán  por culpa de sus organizaciones-  es una pieza política fundamental en el engranaje de la guerra mundial. Esta es la caracterización siempre ausente en el elogio que le prodigan sus epígonos y en los insultos de quienes temen más que nunca su legado. En la pelea contra su asesino hasta capturarlo, Trotsky emerge, hasta su último suspiro, como el gigante del proletariado revolucionario.

Un siglo

Con León Trotsky desaparece la última figura de intelectuales y organizadores revolucionarios socialistas, que debuta con Carlos Marx y las revoluciones europeas de 1848. Durante cien años, la historia del proletariado tuvo su epicentro en Europa y la guía del marxismo. Fue un siglo de discontinuidades, de choques ideológicos y de escisiones históricas - pero cada fase de ellas, así como sus protagonistas, tenía por referencia al marxismo. Con la ventaja de la perspectiva que da el tiempo, sabemos que en los 70 años posteriores no surgió ningún intelectual-organizador de la talla de Trotsky, Lenin, Rosa Luxemburgo o incluso Gramsci (que se esfuerza por pensar como marxista en la celda del fascismo, hostilizado por el stalinismo). Se produce, desde los '40, una laguna histórica en la proyección del marxismo. Este pasa al campo académico, donde siempre había sido rechazado, y abandona la lucha de partido, con lo cual pierde su condición revolucionaria - la academia interpreta la historia pero no pretende transformarla (y la mayor parte de las veces no pasa de una interpretación de textos, algo así como el onanismo intelectual, por lo que ha hecho un culto del repudio a la construcción de partidos revolucionarios). Sin temor al ridículo, el intelectual de centroizquierda se presenta como una ‘variante del marxismo' y hasta como ‘posmarxista'. Las discusiones entre grupos o partidos, por su lado, se fueron convirtiendo en bizantinas, por eso degeneran rápido en escisiones estériles. El proletariado de los países industriales pierde el protagonismo mundial que lo caracterizó en los cien años previos. Se producen interregnos (el mayo francés, el otoño italiano), pero tampoco bajo la influencia del marxismo. Los levantamientos coloniales proyectan un nuevo tipo de dirección política, cuyo lado más débil, el ideológico o programático, conquista a la intelectualidad pequeño burguesa. Es lo que aún ocurre, por ejemplo, con los movimientos que plantean limitar la globalización o con el chavismo. Las esfuerzos gigantescos que ha realizado el proletariado desde su ingreso en la historia para emanciparse como clase y las enormes derrotas que siguieron a sus tentativas más osadas han dejado huellas profundas en su conciencia - que los académicos atribuyen a lo que llaman "los treinta años gloriosos" de recuperación del capitalismo en la posguerra, como si a partir de los aún "más gloriosos", desde 1850 a 1914, o aun de 1890 hasta la primera guerra, la clase obrera no se hubiera afirmado como una clase con conciencia histórica propia y forjado enormes organizaciones socialistas.

Necesitamos nuevos Trotsky. Para ello deberán recoger el desafío de comprender el alcance histórico de la bancarrota capitalista mundial (y dejar de lado a los que esgrimen frustraciones pasadas para deshojar la margarita sobre su perspectiva), así como el de la entrada en escena de los nuevos contingentes gigantescos del proletariado de Asia - y pulir las armas para una lucha revolucionaria que deberá ser decisiva. Como siempre, el proletariado más joven reanimará las fuerzas de los más antiguos. Marx ya había señalado que el proletariado deberá aprender de sus derrotas; que el trabajo de la historia es, muchas veces, extremadamente lento, observaba Trotsky; que a cada derrota hay que oponer un nuevo comienzo. Nos apropiamos efectivamente de la consigna de Rosa Luxemburgo: Socialismo o Barbarie.

De pronósticos y perspectivas

El punto de partida inconmovible de una estrategia revolucionaria es la caracterización de la declinación o decadencia del capitalismo. Esta ha sido la base fundamental de los planteos de Trotsky, como antes fueron los de Lenin y Luxemburgo. El estadio actual de la humanidad confirma esta tesis. Al lado de la bancarrota mundial se desenvuelven guerras cada vez más atroces y se anuncian otras aún peores. La declinación irreversible del capitalismo es la base histórica de la revolución social.

Los últimos treinta años fueron testigos, sin embargo, de un proceso aparentemente inverso: la restauración del capitalismo en aquellas naciones en que el capital fue expropiado por medios revolucionarios. Para un trotskista es un lugar común decir que se trata de la confirmación de uno de los pronósticos condicionados más brillantes de Trotsky. Durante medio siglo, sin embargo, el 90% de los trotskistas ignoró este pronóstico. Ahora lo reivindica como ocurre con un hecho consumado. Pero como ocurre con los pronósticos realmente fundados, éste se ha confirmado a su propia manera. Los epígonos lo repiten sin entenderlo.

Es incuestionable que la restauración capitalista ha abierto un campo enorme a la expansión del capital mundial, pero al mismo tiempo ha acelerado el desenvolvimiento de la crisis mundial del capitalismo. China es un mercado para el capital mundial, pero al mismo tiempo un factor de agudización de la rivalidad capitalista y de potenciación de la sobreproducción. La restauración ha ampliado el campo de operaciones del capital al mismo tiempo que la proyección de su crisis, pero además ha ampliado también el campo de la revolución mundial por medio de la creación veloz de un proletariado enorme y de la confiscación de las masas campesinas. Es cierto, asimismo, que el Estado chino ha pasado a girar en la órbita del capital financiero, pero la restauración no tiene lugar en un marco colonial, como ocurría en el pasado, sino bajo el arbitraje de un Estado surgido de una revolución que conserva la unidad nacional que fuera destruida, en el pasado, durante dos siglos. La restauración capitalista en China ha sido forjada por un compromiso entre la burocracia y el imperialismo - no por una imposición unilateral de éste, como hubiera ocurrido en las condiciones históricas en que Trotsky formuló su pronóstico para la URSS. En el caso de ésta, la restauración ha sido incluso mucho más catastrófica, pues a diferencia de China ha lanzado al país al subdesarrollo. La burocracia ha reemplazado, con la restauración, la pretensión de construir "el socialismo en un solo país" por las ventajas de la integración al mercado mundial; se ha desembarazado de su "utopía reaccionaria", no como resultado de una revolución, sino de una contrarrevolución. Ha zafado de un nuevo colonialismo para ingresar a una dependencia financiera que la condena a la alternativa entre caer en ese colonialismo o salir por medio de la revolución social. La restauración capitalista ha resultado, en definitiva, en una combinación especial de las tendencias analizadas en el pronóstico de Trotsky. Sin embargo, esta misma combinación particular, que permite presentar a la restauración como un éxito en lugar de una catástrofe, demuestra que su tendencia de conjunto no va en el sentido de darle al capitalismo un segundo empuje histórico sino de agudizar sus contradicciones mortales y reabrir la perspectiva de la revolución social.

La V Internacional

No ha pasado un año de su anuncio y la V Internacional chavista ya es un embuste. En su pretensión de superar a la IV Internacional, proclamada por Trotsky, fue apoyada por trotskistas de `fuste`, como El Militante de Alan Woods, el NPA de Krivine-Beçansenot y varios morenistas locales. El inspirador de la maniobra, Hugo Chávez, se está abrazando por estos días con un verdugo de los colombianos para establecer ‘una seguridad democrática' en la frontera común. Esta V nonata viene al caso para entender por qué León Trotsky consideró la fundación de la IV Internacional como una tarea imprescindible e histórica. Se trataba de defender con los últimos recursos la mayor conquista del proletariado mundial, el internacionalismo, ante una perspectiva histórica incierta, entre la barbarie y la posibilidad de una nueva revolución social. La IV Internacional tiene un lugar histórico único - dejar a las generaciones siguientes los instrumentos más desarrollados del proletariado mundial en las vísperas de una tragedia. Ha sobrevivido como programa, o sea como orientación estratégica, a toda clase de alternativas y tentativas. Es obvio que su apuesta histórica sigue abierta; no realizó sus objetivos en 80 años, pero sigue presente en miles de militantes en el mundo entero, muchísimos más de los que la fundaron, y lo que es más importante, como única representación conciente del socialismo revolucionario. Es necesario que se zambulla sin reticencias en la crisis mundial y en las luchas y levantamientos que surgirán de ellos inevitablemente.

El Programa de Transición

El proletariado de todos los países no podrá encarar los desafíos que plantea la bancarrota mundial si no se apropia del programa de transición, el programa de fundación de la IV Internacional. No salió de la nada - fue el resultado de dos décadas de lucha en las condiciones de la bancarrota mundial precedente, la que partió del fin de la primera guerra hasta el comienzo de la segunda. Cada una de sus reivindicaciones tiene un acta de nacimiento en el combate. El núcleo poderoso de este programa es el siguiente: cuando la humanidad parece encontrarse en una situación sin salida; cuando el capital proclama que la única salida deberá ser pavimentada con el sacrificio sin precedentes de millones de trabajadores; en circunstancias semejantes, el programa de transición señala la salida y todos los caminos que conducen a esa salida. El programa de transición señala las reivindicaciones co-ti-dia-nas (esto es lo fundamental) que permite a la clase obrera oponerse a las exigencias de sacrificios del capital y oponer medidas de salida a la crisis a cada una de estas exigencias. Arma al proletariado, en primer lugar, para una lucha diaria, frente a conflictos parciales, para toda ocasión de enfrentamiento. Pero, a diferencia del reformismo vulgar, señala el camino a seguir ante la resistencia inevitable del capital ante cada una de las reivindicaciones obreras; o sea que al método para abordar la crisis desde el punto de vista de las masas, le suma, en íntima relación, el método para quebrar la resistencia del capital a los reclamos y movilizaciones de los explotados en cada circunstancia de la lucha. Es a partir del desarrollo de esta experiencia que hace emerger la necesidad de la lucha por el poder. Con el mismo procedimiento convoca a todas las organizaciones en lucha a pelear por el poder - a constituir un gobierno obrero y campesino, un gobierno de trabajadores, que realice las reivindicaciones que fueron desarrolladas en el curso de la lucha. Frente a estas organizaciones, el programa presenta a los partidos de la IV Internacional como los consecuentes en la comprensión del objetivo general: el establecimiento de la dictadura del proletariado (este es el sentido que para la IV Internacional tiene el gobierno de la clase obrera) para quebrar definitivamente a la dictadura del capital y al capitalismo.

¿Quién puede negar la actualidad de este programa? Los Trotskys del siglo que se ha iniciado se forjarán por el camino que conduce a su victoria

Por Jorge Altamira


76 aniversario del asesinato de León Trotsky

A 76 años del aniversario de la muerte de León Trotsky, publicamos el texto "Trotsky, virajes y perspectivas", de Pablo Rieznik, aparecido en Prensa Obrera número 1236, del 23 de agosto de 2012.
El título de este artículo -"Trotsky, virajes y perspectivas"- alude una obra de Trotsky escrita inmediatamente después de la revolución de 1905. Resultados y Perspectivas plantea las lecciones de aquella revolución y consagra un pronóstico histórico cuyo rigor y audacia sólo pueden compararse con las del Manifiesto Comunista- como lo señaló Isaac Deutscher en su trilogía biográfica sobre Trotsky.
La sustancia de tal pronóstico alude precisamente a un viraje de la historia contemporánea: "En un país económicamente atrasado -concluyó entonces Trotsky- el proletariado puede tomar el poder antes que un país donde el capitalismo esté desarrollado (…) La Revolución Rusa produce condiciones en las que el poder puede (…) pasar a manos del proletariado antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan la oportunidad de mostrar plenamente su genio de estadistas".
Un viraje y una nueva transición histórica. En 1848, en el momento de la publicación del Manifiesto, la luz de la revolución democrática burguesa, que había brillado en el París de 1789, tendía a apagarse por la aparición de la clase obrera, que la burguesía consideraba una amenaza peor que la del viejo orden. Por eso, el Manifiesto Comunista preveía que la "revolución alemana (…) será el preludio de la revolución proletaria". En 1905, el papel del movimiento obrero en la revolución mostraba la consolidación de una nueva era, de otra transición, que ponía en el primer plano la revolución socialista.
Para ese entonces, el bolchevismo ya había dado a este viraje de la historia el sello de su propio programa, cuando Lenin señaló que "el capitalismo se transforma en imperialismo en un momento muy alto de su desarrollo, cuando sus características fundamentales alumbran la transición a un nuevo régimen social". Otra vez: viraje y transición.
Estructura y coyuntura
Los virajes y las transiciones no dominan apenas del “tempo” de la historia, sino también el de la situación política y el de la evolución de la conciencia de las masas. Trotsky vio la capacidad de Lenin para apreciar este proceso, cuando aludió a su excepcional "golpe de vista político". Es decir, su rigor para detectar lo esencial y lo accesorio de las manifestaciones diversas de la situación corriente, lo concreto como la "síntesis de múltiples determinaciones". "Golpe de vista", una suerte de intuición construida sobre la base de la experiencia y tenacidad revolucionaria para captar lo esencial de un panorama político. Una cuestión clave: la evolución de la conciencia de las masas que contribuye a precisar la línea de trabajo específica (táctica).
Ese "golpe de vista político" al servicio de la tarea de llevar a la clase obrera al poder es el que, en su testimonio biográfico (Mi Vida) Trotsky estima como una de las virtudes insuperables de Lenin. Una virtud que modeló al bolchevismo en la coyuntura decisiva de 1917 y en la guerra civil.
El propio Trotsky se esmeró en el desarrollo de este recurso virtuoso para caracterizar los virajes y transiciones que dominaron las convulsivas dos décadas posteriores a la toma del poder por los bolcheviques: las derrotas de la revolución alemana del 18 al 23, la huelga general inglesa del 26 y la revolución china del 27; la trágica derrota sin lucha del PC alemán y el ascenso nazi en Alemania; las vicisitudes de la revolución española y del levantamiento del proletariado francés poco después. Por último, pero decisivo, sus planteamientos políticos en el combate final por la IV Internacional, lo que Trotsky consideró la batalla más importante de su vida, la única en la cual consideró que su tarea era “imprescindible”. Otra transición, aún inacabada, por reconstituir la dirección revolucionaria del proletariado.
Hoy
No está mal recoger, desde el ángulo que aquí indicamos, este legado de Trotsky en la situación presente. En primer lugar, porque estamos en una bisagra de la historia reciente. Es nuestra "transición". Apenas "ayer", en el inicio de los noventa y con el derrumbe de la URSS, el capital proclamaba a tambor batiente una suerte de venganza final contra los arrebatos revolucionarios de la clase obrera. La colonización capitalista de China, según aseguraba la burguesía, consagraba un nuevo siglo de supremacía capitalista.
Ironías de la historia: no había pasado una década cuando, en el propio sudeste asiático, el tsunami de una crisis mundial debutó en Tailandia y arrasó con los “tigres”, que se presentaban como testimonio de la siempre renovada capacidad modernizadora del capital. Fue en 1997, al año siguiente el huracán arrasó con la Rusia en restauración, cuando declaró la cesación de pagos y llevó a la quiebra a gigantes del capital financiero en Wall Street, que habían hecho su agosto con los burócratas y mafiosos reconvertidos. El derrumbe bursátil y la bancarrota se extendieron al territorio norteamericano con el estallido de las llamadas compañías tecnológicas y quiebras de corporaciones monopólicas emblemáticas como WordCom y Enron. Los vientos de la crisis entonces volvieron a tomar dirección al sur, esta vez en nuestro continente. Depredaron a Brasil y se llevaron puesto al gobierno de Fernando Henrique Cardoso, y soplaron con más fuerza en nuestro propio suelo. Es la historia conocida de la mayor depresión económica de la Argentina de todos los tiempos y su estallido final en el Argentinazo.
Ahora sabemos (¡pronosticamos!) que la "recuperación" de la economía global entre el 2002/3 y el 2007 estaba condenada a reventar en proporción a la mayor burbuja especulativa que la alimentó. Y reventó. De tal manera que tenemos una bancarrota sin precedentes que, en dos actos, se extiende desde hace más de quince años. La restauración que pretendía ser la locomotora inédita de una nueva época de ascenso, se revela ahora como una carpa de oxígeno para un enfermo terminal. ¡Cuántas palabras se han gastado para ignorar lo se puede plantear en una simple metáfora! Como un fenómeno de boomerang, pasamos ahora de la desintegración de las viejas economías estatizadas (como supuesto salvataje del capitalismo mundial y reversión de su larga declinación a lo largo de un cuarto de siglo, desde la crisis de los años setenta) a la desintegración de uno de los centros claves del capitalismo mundial, la Unión Europea.
Es la bisagra que invierte el signo de los acontecimientos de más de dos décadas y restituye el hilo de la historia, que incluso cuando parece doblarse, retorcerse y aún retroceder, no se dobla. Bisagras, virajes y transiciones. El tema ha sido examinado, otra vez, en el reciente Congreso del Partido Obrero, el cual ha trazado nuevas perspectivas -a partir de los virajes de la revolución árabe, el derrumbe político de los partidos tradicionales de Grecia y las movilizaciones crecientes en España- a lo que se suma la crisis política de conjunto en América Latina.
Desafìo
En este punto, vale la pena también volver a Trotsky cuando señalaba que la revolución socialista seguiría presente, más allá de los reflujos y las derrotas, en la inevitable tendencia a las crisis capitalistas y al "retroceso de las fuerzas productivas". El viraje de la situación se expresa ahora, luego de una década y media de crisis mundial, en el quebrantamiento sin prisa y sin pausa de los regímenes políticos, desbordados por la bancarrota que no cesa, por huelgas y levantamientos populares -con epicentro en el viejo continente y en el mundo árabe- de un alcance que no tiene precedentes en nuestra historia reciente. Los desplazamientos políticos de las clases, la disolución de las formaciones políticas llamadas tradicionales, los cambios bruscos de frentes están a la orden del día.
En definitiva, la agenda política de la clase obrera, con todos los matices que distinguen a continentes y países, está definida por un período histórico de transición -de crisis económicas, políticas e internacionales, que plantean una nueva acción histórica independiente de las masas. La bancarrota del capital desarrolla un salto en calidad en el plano de la subjetividad política y de la conciencia de las masas. Lo vemos en Grecia. La cuestión del viraje domina el momento político, así como la cuestión de la dirección política de las rebeliones populares. Es como resultado de esta caracterización que el Partido Obrero se convoca a sí mismo y a toda la izquierda revolucionaria -que proclama la lucha por la dictadura del proletariado- a desenvolver una orientación en consecuencia. La razón última del faccionalismo y de la autoproclamación, que sigue caracterizando a gran parte de la izquierda revolucionaria mundial, reside en una incomprensión fatal de la nueva transición histórica. Nuestra forma de rendir homenaje a Trotsky es recuperar uno de sus legados teórico-prácticos fundamentales: cómo construir una política revolucionaria en un período de transición.

Especial 76° aniversario del asesinato de León Trotsky


La actualidad y vigencia de Trotsky, a 75 años de su asesinato
Por Lucas Poy, Publicado en Prensa Obrera, 22/08/15
El martes 20 de agosto de 1940 hacía calor en las afueras del distrito federal de México y las nubes en las montañas anunciaban lluvia cuando "Jacson", un supuesto simpatizante de la IV Internacional, ingresó a la casa de León Trotsky. Ese verano, el planeta entero se hundía en la barbarie de la reacción y la guerra mundial. En mayo el Tercer Reich culminaba la invasión de Bélgica, Holanda y Luxemburgo; en junio, también se quebraba la resistencia francesa. Hacía poco menos de un año el ejército franquista había entrado en Madrid y en Barcelona, sellando la derrota de la revolución española, traicionada desde adentro por la dirección del Partido Comunista y los agentes rusos. La Unión Soviética, por su parte, mantenía su alianza con la Alemania nazi, firmada en el tratado Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939. Víctor Serge, un viejo revolucionario ruso, caracterizaba a estos años como "la medianoche del siglo".
La casa de Coyoacán era una fortaleza, y había motivos de sobra para ello. En los últimos meses se habían sucedido los atentados contra la vida de Trotsky: el último episodio había sido un ataque con ametralladoras al cual había sobrevivido casi por azar. El stalinismo había desatado una verdadera cacería contra el viejo revolucionario, que había incluido el asesinato de sus hijos y la persecución a los militantes trotskistas en todo el mundo. La revolución española había mostrado a la dirección soviética los riesgos que corría su dominio burocrático en caso de una intervención revolucionaria de las masas: la política criminal del PC español, que incluyó el asesinato de Andreu Nin en 1937, era una expresión de esta cacería. No por casualidad el visitante de la casa de Trotsky, ese 20 de agosto, era un español: su nombre no era Jacson sino Ramón Mercader -no era un simpatizante de la IV Internacional sino un agente de la policía secreta soviética. Esta vez, los militantes que estaban encargados de la seguridad no sospecharon nada extraño, porque Mercader/Jacson ya había estado en la casa varias veces: fracasado el método del ametrallamiento, la GPU intentaba con una infiltración. Esta vez tuvieron éxito: Jacson aprovechó su oportunidad y atacó a Trotsky en la cabeza con un picahielo. Herido, desde el piso, el viejo revolucionario gritó a sus guardaespaldas que no lo mataran, y que lo obligaran a confesar que era un enviado de Stalin. Trotsky, que tenía entonces sesenta años, murió al día siguiente, el 21 de agosto de 1940.
¿Cómo explicar que en medio de las brutales conmociones de la Segunda Guerra Mundial, la poderosa burocracia soviética encabezada por Stalin, que gobernaba sin oposición en toda la URSS
y controlaba los partidos comunistas de todo el mundo, necesitara terminar con la vida del viejo Trotsky, que vivía aislado en su casa de Coyoacán, en la otra punta del planeta? ¿Cómo explicar que los mismos que se jactaban -no faltan quienes lo siguen haciendo- de caracterizar a los trotskistas como "marginales" desataran semejante cacería con el objetivo de liquidar físicamente a un dirigente de sesenta años?
La obsesión del stalinismo por terminar con la vida de Trotsky confesaba la extraordinaria vigencia histórica del líder revolucionario. A lo largo de su vida, Trotsky no solamente dirigió y protagonizó la primera gran revolución obrera de la historia, sino que contribuyó con aportes fundamentales a la perspectiva revolucionaria de nuestra época.
La revolución en nuestra época
Isaac Deutscher, el principal biógrafo de Trotsky y posiblemente el mayor experto en su obra, sostenía que, después del Manifiesto Comunista, el siguiente documento político comparable era un folleto escrito en 1906, titulado Resultados y perspectivas. Se trata de un texto escrito por Trotsky en la cárcel a la cual había sido enviado luego del aplastamiento de la revolución rusa de 1905, en la cual había jugado un papel dirigente, como presidente del soviet de Petrogrado. Resultados y perspectivas era, en primer lugar, un balance de esa revolución. Pero era, sobre todo, una fenomenal caracterización sobre el carácter de la revolución contemporánea.
Uno de los capítulos, titulado "1789-1848-1905", trazaba un recorrido sobre el papel jugado por la burguesía en esos tres procesos revolucionarios. Mientras en la revolución francesa se había convertido en el caudillo que encabezaba la revolución contra el viejo régimen feudal y aristocrático, liderando tras de sí a todas las clases de la nación, en las revoluciones que sacudieron a Europa en 1848 la burguesía ya había puesto de manifiesto sus limitaciones, lo cual se evidenció en la incapacidad de desenvolver una lucha a fondo contra la aristocracia y la monarquía, frente al temor al naciente proletariado. Según su clásica fórmula, en 1848 la burguesía ya no era capaz de dirigir la revolución, mientras que el proletariado todavía no estaba en condiciones de asumir la tarea. Las cosas habían cambiado en el siglo veinte. El significado profundo de la revolución rusa de 1905 es que abría una nueva etapa, y ponía de manifiesto el carácter de la revolución en nuestra época.
Desde ahora, la revolución era una tarea que solo podía estar en manos de la clase obrera: incluso en aquellos países -como Rusia- que aún no habían completado sus tareas democrático-burguesas. "Es posible", escribía Trotsky a los 26 años, doce años antes de la revolución de octubre, "que el proletariado de un país económicamente atrasado llegue antes al poder que en un país capitalista evolucionado".
La idea de "revolución en permanencia", por supuesto, había estado presente en la elaboración de los marxistas desde mediados del siglo XIX, en particular en la "Circular a la Liga de los Comunistas" escrita por Marx y Engels a partir del balance de las revoluciones de 1848. No podía ser de otro modo, porque las caracterizaciones de los revolucionarios no son sino el producto del desenvolvimiento histórico concreto, el resultado del balance de lo actuado y de las vicisitudes del proceso histórico concreto. El mérito histórico de Trotsky, en esos primeros años del siglo XX, fue darle una forma definida y sistemática a la tesis de la revolución permanente, es decir la idea de que era la clase obrera la que tenía que tomar en sus manos la resolución de las tareas democráticas pendientes y al mismo tiempo desenvolver las tareas obreras y socialistas. No solo la revolución rusa de 1917, sino toda la experiencia histórica del siglo XX -la brutal manifestación de la incapacidad de las burguesías, tanto en los países avanzados como en los oprimidos por el imperialismo, para jugar un papel progresivo-, confirmaron todos los pronósticos de ese breve folleto escrito hace 110 años.
"La victoria completa de la revolución democrática en Rusia", resumía Trotsky años después, "sólo se concibe en forma de dictadura del proletariado, secundado por los campesinos. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondría sobre la mesa no sólo tareas democráticas sino también socialistas, daría al mismo tiempo un impulso vigoroso a la revolución socialista internacional. Sólo la victoria del proletariado de Occidente podría proteger a Rusia de la restauración burguesa". Como diría Roman Rosdolsky, a propósito de un texto de Marx, hay párrafos que solamente pueden leerse conteniendo la respiración.
La revolución traicionada
Semejantes aportes a la actualización del programa revolucionario de nuestra época hubieran alcanzado por sí solas para colocar a Trotsky como uno de los grandes revolucionarios del siglo. Pero, tal como escribió Lenin en su prólogo a El estado y la revolución, "es más agradable y más provechoso vivir la experiencia de la revolución que escribir acerca de ella". Y, en efecto, Trotsky fue, junto con Lenin, el dirigente de esa revolución que conmovió al mundo y llevó por primera vez a la clase obrera al poder. Su actividad entre 1917 y mediados de la década de 1920 fue febril y se desenvolvió en todas las áreas: dirigente del soviet revolucionario, encargado de las negociaciones con los alemanes en Brest, comandante del ejército rojo que venció, contra todos los pronósticos, a las fuerzas combinadas de las potencias imperialistas en la guerra civil, dirigente de la Internacional comunista -ni siquiera le faltó tiempo para escribir sobre historia y hasta sobre literatura.
La lucha contra la burocratización stalinista, y contra las consecuencias que la misma implicaba para las luchas revolucionarias en todo el mundo, ocupa los últimos quince años de vida de Trotsky, marcados por una tremenda actividad política, organizativa y teórica, en distintas etapas, y en condiciones cada vez más desfavorables. En noviembre de 1927 fue expulsado del partido. En enero de 1928 debió exiliarse en Kazajstán. Un año más tarde, en febrero de 1929, fue expulsado de la URSS y se asiló en Turquía. De allí se fue, en 1933, primero a Francia y luego a Noruega, finalmente debió irse a México, en 1937.
No se trataba sólo de dar una lucha política y organizativa contra la burocratización, en todo momento. También de realizar un aporte de envergadura histórica a la comprensión de las causas y la dinámica de la burocratización de la Unión Soviética. Lo extraordinario de La revolución traicionada, publicada en 1936, es su capacidad para no limitarse a una denuncia de la burocratización de la URSS, sino desarrollar una explicación de las causas profundas de esa burocratización. Con ello lograba armar a la vanguardia revolucionaria de una comprensión del proceso que había llevado a la primera revolución victoriosa de la historia a transformarse en un infierno burocrático y totalitario -y, al mismo tiempo, de cómo y por qué la URSS debía ser defendida por esos mismos revolucionarios ante los ataques del imperialismo y los intentos de forzar una restauración del capital. A su vez, el balance de la deriva burocrática de la URSS permitía comprender que la política contrarrevolucionaria de los partidos comunistas de todo el mundo -que volvían atrás la experiencia histórica de 1917 y proponían la alianza con las burguesías "progresistas" y la aberrante idea de "socialismo en un solo país"- no obedecía a un giro "teórico" sino que era expresión de la necesidad de sostener, como fuera, un aparato burocrático.
Se equivocan quienes caracterizan que, debido a la trascendencia de esta lucha, el trotskismo no fue sino la contracara del stalinismo, o que ambas facciones no representan sino una disputa por el liderazgo del poder en la URSS. Se trata, en realidad, de una lucha política decisiva en la cual el mérito histórico de Trotsky fue defender, en contra del aparato burocrático que dominaba lo que todavía era un Estado obrero, la perspectiva revolucionaria que ya había sido formulada a principios del siglo. Hay una coherencia y una continuidad implacable entre Resultados y perspectivas y las obras de Trotsky en su lucha contra el stalinismo: su hilo conductor es la consideración de que solamente la clase obrera es capaz de dar una salida a la catástrofe capitalista, y que ello sólo es posible en un marco internacional, como el del capitalismo:
"El triunfo de la revolución socialista", decía Trotsky en La revolución permanente, de 1929, "es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. Una de las causas fundamentales de la crisis de la sociedad burguesa consiste en que las fuerzas productivas creadas por ella no pueden conciliarse ya con los límites del Estado, nacional. De aquí se originan las guerras imperialistas, de una parte, y la utopía burguesa de los Estados Unidos de Europa, de otra. La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta".
La revolución permanente
Pero hay más. La lucha denodada y desigual de Trotsky contra el stalinismo en los años treinta no se limitó a armar a la vanguardia con un balance y una caracterización que le permitieran enfrentar la desmoralización del desbarranque burocrático. Fue también una lucha por construir una dirección revolucionaria y dotarla de un programa.
Desde los años veinte la lucha de Trotsky y sus compañeros contra la degeneración burocrática de la URSS se había estructurado en torno a la llamada Oposición de izquierda, que desarrolló una lucha política tenaz al interior del partido bolchevique y en el seno de otros partidos comunistas del mundo -también en la Argentina- hasta que la represión y las purgas internas lo hicieron prácticamente imposible. El punto de quiebre, el hecho decisivo que llevó a Trotsky a la conclusión de que ya era imposible "reformar" a la III Internacional y que se planteaba la tarea de construir una nueva organización, fue la política llevada adelante por el stalinismo ante el ascenso de Hitler.
Las intervenciones de Trotsky sobre esta cuestión son un capítulo -otro más- extraordinario de la tradición revolucionaria de nuestro siglo: sus llamamientos, una y otra vez, convocaban al proletariado alemán a enfrentar la política criminal que promovía el Partido Comunista, opuesto a una acción conjunta con la socialdemocracia para enfrentar el ascenso del nazismo. La llegada de Hitler al poder, en enero de 1933, sin que la poderosa clase obrera alemana presentara batalla, dejó claro que era necesario construir una nueva organización.
Según Trotsky, la política de la III Internacional era una traición "de un alcance histórico al menos igual a la de la socialdemocracia alemana el 4 de agosto de 1914 [cuando votó a favor de los créditos de guerra para el gobierno imperialista]". Pero las consecuencias de esta traición, había pronosticado en 1931, serían "mucho más desastrosas": "con los nazis en el poder, estaría planteada la exterminación de la elite del proletariado alemán, la destrucción de sus organizaciones, la pérdida de confianza en sus propias fuerzas y en su propio futuro [...] sus consecuencias se extenderían en el tiempo por diez o veinte años, [estableciendo] una ruptura con la herencia revolucionaria, el naufragio de la Internacional Comunista, el triunfo del imperialismo en su forma más odiosa y sanguinaria [...] una guerra contra la URSS [...] un aislamiento terrible y un lucha a muerte en las condiciones más lamentables y peligrosas". Otra vez, un pronóstico que obliga a leer conteniendo la respiración.
La política contrarrevolucionaria de la III Internacional no se detuvo con la derrota alemana. A la desastrosa táctica del llamado "tercer período" -aquella que precisamente había conducido, con el argumento de la lucha contra una socialdemocracia caracterizada como "socialfascista", al triunfo de Hitler- la siguió la no menos desastrosa política del "frente popular", que ataba a los partidos comunistas a una alianza con las burguesías "progresistas" de todos los países. Su rasgo común no debía buscarse, decía Trotsky, en una argumentación política, sino antes bien en el objetivo único de proteger los intereses de una capa burocrática que se había hecho con el poder en la Unión Soviética. Sus consecuencias eran igual de trágicas: la política del frente popular llevaría a la derrota de la revolución española, y con ella abría las puertas a la Segunda Guerra Mundial.
Es en este contexto que tenemos que valorar lo que, según su propia caracterización, fue la tarea más importante que tuvo que desarrollar: construir una nueva dirección revolucionaria. La barbarie stalinista se había ocupado de liquidar a toda la vanguardia revolucionaria de octubre de 1917, por la vía de la quiebra política o del asesinato -a menudo, de ambos. Decía el propio Trotsky, en 1935: "la tarea más importante de mi vida, más importante que el período de la guerra civil o cualquier otro (...) No puedo hablar de indispensabilidad de mi tarea, ni siquiera en el período de 1917 a 1921. Pero ahora mi tarea es "indispensable" en el cabal sentido del término (...) Actualmente no queda nadie, excepto yo, para cumplir la misión de armar a una nueva generación con el método revolucionario".
Fue en esos años de reacción y derrotas, aislado y perseguido por el stalinismo, cuando Trotsky impulsó, incluso contra la opinión de muchos de sus compañeros, la fundación de una nueva internacional. Él mismo valoraba de la siguiente forma la magnitud de la tarea, señalando que en numerosas ocasiones históricas la vanguardia había dado sus primeros pasos en forma aislada de las masas: "el mérito histórico de la IV internacional", apuntaba en 1938, "es haber declarado la vigencia de la revolución en un momento histórico en que se alegaba su retroceso histórico definitivo. Ninguna idea progresista ha surgido de ‘una base de masa', si no, no sería progresista. Sólo a la larga va la idea al encuentro de las masas, siempre y cuando, desde luego, responda a las exigencias del desarrollo social. Todos los grandes movimientos han comenzado como ‘escombros' de movimientos anteriores. Al principio, el cristianismo fue un ‘escombro' del judaísmo. El protestantismo un ‘escombro' del catolicismo, es decir, de la cristiandad degenerada. El grupo Marx-Engels surgió como un ‘escombro' de la izquierda hegeliana. La Internacional Comunista fue preparada en plena guerra por los ‘escombros' de la socialdemocracia internacional. Si esos iniciadores fueron capaces de crearse una base de masa, fue sólo porque no temieron al aislamiento. Sabían de antemano que la calidad de sus ideas se transformaría en cantidad. Esos ‘escombros' no sufrían de anemia; al contrario, contenían en ellos la quintaesencia de los grandes movimientos históricos del mañana".
En su "Programa de transición", Trotsky dejó encendida esta llama, planteando un programa de acción para la etapa de decadencia histórica del capitalismo.
Trotsky hoy
Ya pasaron 75 años de la muerte de Trotsky. Ya no existe la Unión Soviética ni la GPU; los partidos comunistas de la mayor parte del mundo se han literalmente disuelto, en casi todos los casos para integrarse en forma directa, sin siquiera la mediación de su aparato, a variantes "progresistas" de la burguesía. Trotsky y el trotskismo, sin embargo, conservan su vitalidad. Ello no se debe -o no solamente- a la indudable tenacidad y ardor revolucionario que propios y extraños reconocen en los "troskos", sino a que seguimos viviendo en la época histórica que Trotsky caracterizó y para la cual planteó su Programa de transición: la época de decadencia histórica del capitalismo. Su legado es la continuidad y la vigencia histórica del planteo que ofrece este programa como herramienta en una época de senilidad del capitalismo, que desnuda la incapacidad de las burguesías de desarrollar las tareas democráticas en la época del imperialismo, que reclama el carácter internacional de la revolución socialista, que sostiene a la dictadura del proletariado como única salida a la barbarie en que vivimos. Un programa que fue una y otra vez negado: por el stalinismo y su "socialismo en un solo país", primero, y su "eurocomunismo" luego; también, más de una vez, desde las propias filas trotskistas, que no dejaron de sumarse a diferentes "modas" políticas, incluyendo en no pocos casos explícitos llamados a abandonar la consigna de la dictadura del proletariado.
Eppur si muove. En lo más oscuro de la "medianoche" del siglo XX, Trotsky fue quien defendió la continuidad y la vigencia histórica de la revolución de octubre, mostrando a los obreros de todo el mundo, que aquellos que se pretendían erigir como sus máximos exponentes no eran más que los enterradores burocráticos del mayor proceso revolucionario de nuestra época. Fue Trotsky quien caracterizó que la burocratización de los Estados obreros, en caso de que no triunfase una nueva revolución obrera, daría lugar a la restauración del capital. Sin la fenomenal lucha política y teórica de Trotsky en las décadas del veinte y del treinta del siglo pasado, la Revolución de Octubre
hubiera sido identificada, en la conciencia de las generaciones futuras, como sinónimo inseparable de la monstruosidad burocrática.
Con todas sus diferencias, el mundo en el que vivimos, el de la crisis capitalista que no se ha atenuado sino agravado con los procesos de restauración en los ex estados obreros, sigue siendo el mundo de Trotsky. El que las futuras generaciones, manteniendo la continuidad histórica con las anteriores, deberán librar de todo mal, opresión y violencia, y disfrutar plenamente.


La vigencia de un legado

por CHRISTIAN RATH
El 20 de agosto de 1940, León Trotsky recibió en su despacho en la casa fortaleza de Coyoacán, México, a quien se hacía llamar Jackson Monard y suponía un camarada. Este lo mató de un golpe de piqueta en el cráneo. Diez años después se supo oficialmente que Jackson era Ramón Mercader, un sicario español al servicio de una operación criminal organizada por la burocracia de la Unión Soviética. Mercader falleció en Cuba en 1978.
 
Al momento del asesinato, la II Guerra Mundial llevaba un año y estaba en vigencia el pacto Hitler Stalin, que se desmoronaría poco tiempo después con la invasión nazi a la URSS. El atentado fue obra de los servicios secretos de Stalin, pero tuvo la aquiescencia del imperialismo mundial. Expulsado de Rusia y luego sucesivamente de Turquía, Francia y Noruega, rechazado por Estados Unidos, el revolucionario ruso se había convertido en un paria internacional hasta que la invitación del gobierno nacionalista de Lázaro Cárdenas le abrió las puertas de México.
 
El 25 de agosto de 1939, casi un año exacto antes de su asesinato y a días del inicio de la Segunda Guerra, la prensa internacional había recogido la advertencia del embajador francés en Alemania al mismísimo Hitler: “Temo que, como resultado de la guerra, haya un solo verdadero vencedor: Trotsky”. Su eliminación estaba en la agenda de la burguesía mundial desde el momento que la guerra imperialista podía llevar a la revolución y la IV Internacional actuaba en esa perspectiva.
 
León Trotsky era, a esa altura, un solitario sobreviviente de la dirección que había dirigido la Revolución de Octubre en Rusia: de los 24 miembros del CC del Partido Bolchevique en 1917 sólo sobrevivían él, en el exilio, y Stalin, en la cumbre del poder: las dos terceras partes de sus miembros habían sido asesinados por la dictadura del Kremlin.
 
El asesinato del revolucionario ruso se produjo en un período contrarrevolucionario caracterizado por las victorias del fascismo, la consolidación del estalinismo en la URSS, la derrota de la revolución española. La muerte del fundador de la IV fue, por lo tanto, sólo un episodio de la saga trágica que se inició una década antes y tiene sus jalones previos en los “juicios de Moscú” y en las matanzas de las bandas fascistas y nazis. La función de las masacres no fue ingenua: formó parte de la preparación de la guerra, al eliminar a militantes y dirigentes que podían convertir la guerra imperialista en una guerra civil internacional.
 
Nadie como León Trotsky vaticinó los crímenes de esta etapa y se erigió en baluarte de la lucha contra el ascenso del fascismo alemán. Fue él quien sostuvo la necesidad de constituir un frente único de los partidos obreros -socialista y comunista- frente a los nazis, denunciando la política criminal de división impulsada por la burocracia del Kremlin. Fue él quien en 1929 -el ascenso de Hitler se producirá en 1933- denunció como “mortal” la política del estalinismo que colocó en un mismo plano a la socialdemocracia y al fascismo y llamó a oponerse a ella desenvolviendo el frente único para aplastar físicamente a las bandas nazis. En 1932 advirtió -¡nueve años antes!- que el ascenso del fascismo en Alemania llevaría a la guerra contra la URSS y fue el primero en advertir el holocausto que se le preparaba al pueblo judío.
 
Trotsky desenvolvió una lucha implacable contra los Frentes Populares, o sea la alianza de los partidos de izquierda con la “sombra” de la burguesía, que se presentaban en nombre de la lucha contra el fascismo y encadenaban la acción de la clase obrera a los límites insalvables de la burguesía “democrática”. Mucho antes de que las experiencias de Francia y España pavimentaran el camino a la victoria del fascismo y revelaran su función contrarrevolucionaria.
 
El vaticinio sobre la URSS
 
“En el futuro será inevitable que (la burocracia del Kremlin) busque apoyo en las relaciones de propiedad… No basta ser director del trust, hay que ser accionista. La victoria de la burocracia crearía una nueva clase poseedora”1. Esto fue escrito en 1936, denunciando la tendencia de la burocracia a restaurar el capitalismo, planteando una encrucijada con dos alternativas: ese retorno o la revolución política que barriera con la burocracia contrarrevolucionaria. 
 
En oposición al planteo del “socialismo en un solo país”, en base al cual la burocracia aseguraba lograr gradualmente su primacía sobre el régimen capitalista, el trotskismo defendió la estrategia de la revolución proletaria internacional desde el momento que “el tractor Ford es tan peligroso como el cañón Creusot, con la diferencia de que este último no puede obrar más que de vez en cuando, en tanto que el primero hace continuamente presión sobre nosotros”.2 Dicho de otro modo, el socialismo no puede subsistir si no le asegura a la sociedad mayor economía de tiempo que el capitalismo. Ello plantea la lucha por extender la revolución internacional, para que la clase obrera pueda apropiarse de las mayores conquistas alcanzadas por la humanidad en lo que refiere al rendimiento del trabajo.
 
León Trotsky tuvo la perspicacia de comprender, en el momento de auge de la burocracia de la URSS, que ésta era un “accidente histórico” que no podía resistir las contradicciones internacionales entre la clase obrera y la burguesía y, fruto de ellas, se orientaría a “restablecer la propiedad privada” y erigirse ella misma “en una nueva burguesía”. Trotsky planteó que se acentuarían las contradicciones sociales de la autarquía y el aislamiento y la presión de la economía y política mundiales reforzarían las tendencias a la restauración.
 
Crisis mundial…
 
Este conjunto de vaticinios, muchos de ellos impresionantes, parten de la comprensión del capitalismo como un régimen social en declinación, que ha desarrollado formas sociales que lo niegan en forma parcial -el monopolio, en oposición al mercado; la socialización de la producción, en oposición a la pequeña propiedad- y desenvuelve una tendencia hacia la catástrofe económica y la disolución de las relaciones sociales. Trotsky lo advierte en las primeras palabras del programa de la IV Internacional: “los requisitos objetivos de la revolución proletaria no sólo están maduros, están comenzando a descomponerse. Sin revolución social en el próximo período histórico toda la civilización humana está amenazada de ser arrastrada por una catástrofe. Todo depende del proletariado y, antes que nada, de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”.
 
…y crisis de dirección
 
Cualquier movimiento que se proponga la continuidad del movimiento histórico de lucha de la clase obrera debe partir del legado teórico y práctico del fundador de la IV Internacional. Pero, ¿cuál ha sido la consecuencia y la consistencia de sus seguidores, medidos a la escala histórica de este legado? En el mismísimo debut de la revolución política pronosticada por León Trotsky, la insurrección obrera en Berlín contra el ejército soviético en 1953, la IV Internacional se opuso a la consigna “Fuera el ejército ruso de Alemania” y coronó su declaración con una declaración de confianza en la burocracia (“Viva el renacimiento socialista de la URSS”) , lo que era absolutamente coherente con el planteo de impulsar la revolución a través del estalinismo3. Luego siguió el foquismo, la defensa de la democracia como régimen político, la disolución como organizaciones cuarta internacionalistas, el apoyo a la “V Internacional” chavista4. Por esta evolución política “las direcciones que se reivindican de la IV Internacional fracasaron. Pasaron hacia el campo político de la pequeña burguesía, que es una clase materialmente animada por otros intereses, diferentes de los de la revolución proletaria. La IV no es hoy reconocida por un programa proletario. Se ha identificado con todas las variantes políticas producidas por la pequeña burguesía o creadas por la presión del estalinismo. Ha abandonado, por lo tanto el programa revolucionario”5.
 
El programa para esta época
 
La IV Internacional no realizó sus objetivos, pero su crédito histórico sigue abierto, porque expresa la continuidad del movimiento histórico de la clase obrera y enarbola el único programa capaz de armar al proletariado para hacer frente a los desafíos que le plantea la bancarrota capitalista internacional. El Programa de Transición plantea las reivindicaciones cotidianas que le permiten al obrero de cualquier latitud enfrentar la ofensiva capitalista que pretende descargar la crisis sobre sus espaldas y oponerle una salida y un método, que enlaza esas reivindicaciones con la lucha por el poder obrero. Si no se hubiera fundado la IV Internacional, aún en el marco de las gigantescas derrotas y traiciones de la época, la causa del socialismo habría retrocedido en una escala histórica por el asesinato de Trotsky y la Segunda Guerra Mundial. La crisis posterior de la IV no puede anular este acierto.
 
En un texto sin terminar encontrado en el escritorio de Trotsky ese 20 de agosto de 1940 se podía leer: “frente a nosotros se encuentra una perspectiva favorable, que da todas las justificaciones a la militancia revolucionaria. Hay que aprovechar todas las ocasiones que se presenten y construir el partido revolucionario”.
 
De eso se trata.
 
 
 
1. León Trotsky: La Revolución Traicionada, Ediciones Crux, Buenos Aires.
2. León Trotsky: El gran organizador de derrotas, Editorial Olimpo.
3. “Declaración del Secretariado Internacional de la IV Internacional”, 25/6/1953.
4. Sobre V Internacional ver Prensa Obrera N° 1.121, marzo de 2010.
5. Jorge Altamira: Teoría marxista y estrategia política, Ediciones Rumbos, Buenos Aires, 1998.
 

sábado, 20 de agosto de 2016

Estados Unidos, en el ojo de la tormenta

Estados Unidos, en el ojo de la tormenta

Un nuevo eslabón de la crisis capitalista mundial
Hasta hace poco tiempo, se decía que lo peor de la crisis mundial había pasado. Para ello, se exhibían síntomas de recuperación en Estados Unidos. A partir de esas expectativas, las autoridades de la Reserva Federal resolvieron aumentar la tasa de interés a fines del  año pasado, y adelantaron su intención de proceder a nuevas alzas en los trimestres siguientes. Pero estas proyecciones se han desinflado, invirtiendo los pronósticos. The Wall Street Journal advierte sobre el “descenso más prolongado de la productividad laboral en Estados Unidos desde fines de los años ’70 (que) amenaza las perspectivas a largo plazo de la economía del país y podría llevar a la Reserva Federal a mantener las tasas de interés bajas por muchos años” (WSJ, 11/8).
 
Asistimos al tercer trimestre consecutivo de una baja de la productividad -el período más largo desde 1979-, lo que ilustra el empantanamiento en la economía. El crecimiento económico de Estados Unidos en el segundo trimestre fue solamente del 1,2 por ciento.Pero esta impasse integra una tendencia mundial. En Europa, apenas ascendió al 0,3 por ciento. El crecimiento chino continúa en brusco declive, y gran parte de América Latina se encuentra en retroceso.
 
El telón de fondo de estos datos es una crisis enorme de sobreproducción -o sea, un exceso de capitales y mercancías en relación con sus posibilidades de valorización. Esto nutre las tendencias deflacionarias y la caída de los beneficios y, de la mano de ello, un retraímiento de la inversión. Las tendencias deflacionarias  se expresan en el crecimiento de una deuda pública que hoy está colocada a tasa de interés negativa, y que pasó en el último año de 1,3 a 14 billones de dólares a nivel mundial. La ausencia de rendimientos financieros positivos implica una amenaza al sistema bancario y a las compañías de seguros, y constituye un registro inapelable de la tendencia a la depresión económica. La actividad petrolera es un ejemplo elocuente de este proceso: algunos vieron en la caída del precio de los hidrocarburos la oportunidad de un relanzamiento de la economía, a caballo de la reducción de los costos industriales y el aumento del consumo. Lejos de ello, la rebaja de los combustibles sólo condujo a un derrumbe de la industria petrolera, con su secuela de cierres, despidos y concentración industrial.
 
En 2015, el informe anual del FMI señalaba que la caída de la inversión privada estaba en el centro del fracaso de la recuperación de la economía global desde la crisis de 2008, a pesar del crédito a bajísimas tasas de interés y del rescate multimillonario de los bancos que emprendieron los Estados de las principales potencias y sus respectivos bancos centrales. En el trimestre más reciente, la inversión privada en Estados Unidos cayó 9,7 por ciento, el tercer peor descenso trimestral. Esta caída en la inversión en los países capitalistas avanzados está en la base del desmoronamiento de la productividad.
 
Las grandes empresas han acumulado billones de dólares en efectivo y no los invierten ni en la producción ni en la investigación y desarrollo. Utilizan esos fondos para recomprar acciones, aumentar sus dividendos y llevar a cabo fusiones y adquisiciones.
 
Esto explica la paradoja de que el desempeño productivo sea cada vez más magro, mientras el precio de las acciones en las bolsas mundiales alcanza niveles récord. Cuando se examinan los balances, se observa que una porción significativa de sus utilidades provienen de colocaciones financieras.
 
Nueva burbuja
 
Esta hipertrofia del sector financiero ha terminado por socavar la base industrial norteamericana. Su contracara es un aumento de la especulación y una inflación de los activos, que no es otra cosa que capital ficticio. La economía estadounidense está sentada en  una nueva y explosiva burbuja, que prepara una  crisis de mayores proporciones que la de 2008. Esto empalma con las tendencias a la desintegración de la Unión Europea, que han pegado un nuevo salto con el Brexit y el estado de falencia en que se encuentra la banca del continente; con el impasse de la economía japonesa, que no logra salir de la recesión pese a los abundantes recursos puestos por el Estado; con la crisis de China y con el derrumbe de los países emergentes.
 
El agravamiento de la bancarrota capitalista explica la creciente rivalidad entre los Estados y, con ello, las tendencias a la guerra comercial, monetaria y a la guerra misma. Ello se evidencia ahora en Estados Unidos, en el recurso creciente de los candidatos a la demagogia social y chovinista, que florece en forma proporcional a la desintegración de los partidos tradicionales. Pero esta crisis de fondo es también el laboratorio y el caldo de cultivo de grandes sacudidas sociales y,  al ritmo de ellas, de giros políticos profundos de las masas.

Pablo Heller
Internacionales
Prensa Obrera

lunes, 15 de agosto de 2016

El debate sobre si “vamos bien o mal”


El debate sobre si “vamos bien o mal”

Las distintas formas de evaluar el primer semestre del gobierno macrista
José Castillo*
Especial para BAE Negocios
Hay una parte de la discusión en que todos los economistas de distintas formaciones e ideologías acordamos: los números del primer semestre son malos, tanto en nivel actividad (en general e industrial), en consumo, en inflación e incluso, e increíblemente porque era el “caballito de batalla” del gobierno, en inversiones. Podemos “estirar” un poquito más las coincidencias: difícilmente haya cambios sustantivos en el tercer trimestre e incluso es muy poco lo que se verá en el cuarto. Pero acá se acaban las coincidencias.
No vamos a meternos en las diferencias de pronósticos acerca de un eventual crecimiento económico o baja de la inflación en 2017. Tampoco al debate de si la situación actual es producto de la llamada “herencia recibida” o provocada por las políticas del macrismo.
Queremos concentrarnos en algo diferente: los actores específicos de nuestra economía y la repercusión de las políticas económicas. Hay una serie de sectores optimistas: la imagen del presidente Macri en la Sociedad Rural, o los foros empresarios de estos meses lo manifiestan. Y, efectivamente, tienen motivos para estarlo. El sector agroexportador (que, digamos de paso, está fuertemente concentrado en unos pocos oligopolios mayoritariamente transnacionales), ganó con la devaluación primero y con la eliminación (o baja en el caso de la soja) de retenciones después. El sector de la minería a cielo abierto también fue beneficiado con ambas medidas.
Los sectores empresarios tienen
motivos para expresar optimismo
Los bancos obtuvieron ganancias récord en base a arbitrar con la devaluación, a las super-tasas de las Lebac y a la eliminación de límites a los costos de sus servicios.
El sector financiero bursátil en general resultó ganancioso por la eliminación de trabas a la entrada y salida de capitales especulativos, además de algunos “regalos” fruto del gobierno anterior, pero ejecutados por éste, como el de las operaciones de dólar futuro. Todo esto se materializó en fortísimas subas en la Bolsa de Valores de Buenos Aires. Sumémosle la liberación de hecho de precios que permitió la feroz remarcación realizada toda la cadena comercial (también fuertemente oligopolizada en unos pocos hipermercados), las petroleras y gasíferas que disfrutan de diferenciales de valores superiores a los internacionales, los fondos buitres que cobraron en efectivo y las “ventajas” que se vienen con el blanqueo. Evidentemente hasta acá tenemos a unos cuantos que ya pueden festejar, independientemente de la existencia o no de “lluvias de inversiones” a futuro.
Los asalariados formales tuvieron
aumentos inferiores a la inflación
Del otro lado tenemos a los que perciben ingresos fi jos. Los asalariados formales bajo convenio en todos los casos tuvieron aumentos por paritaria inferiores a la inflación (en promedio perdieron entre un 10 y un 15% de su poder adquisitivo). Los trabajadores tercerizados y los informales recibieron incrementos aún menores y por lo tanto perdieron más. Los jubilados se tuvieron que conformar con el incremento de marzo, que se quedó a kilómetros de la suba del costo de vida. Los perceptores de planes sociales están en idéntica situación. A ello sumémosle los que directamente han perdido su empleo: el Ministerio de Trabajo reconoce ofi cialmente, de diciembre a mayo, una caída de más de 100.000 puestos de trabajo. Si le agregamos el 42% informal (y sabiendo que los trabajadores en negro son los que primero y más sufren el flagelo del despido) la extrapolación nos da más de 200.000 nuevos desocupados. La recesión ha generado además, una “sequía” de dinero en los barrios populares que hace que se derrumbe toda la economía de la “changa” de la que vive muchísima gente: los remiseros, plomeros, vendedores de comida, e incluso pequeños kioscos y comercios están prácticamente paralizados. Sumemos, por últimos, que todavía no terminaron de pegar de lleno en la economía popular los tarifazos de los servicios públicos.
Cuál es el balance: 30.000 millones de dólares transferidos desde los bolsillos de las clases populares a manos de los sectores más concentrados de la economía. Acá está la “verdadera” explicación de la caída del consumo y la recesión. Esta es la auténtica radiografía de ganadores y perdedores. Es por eso que, efectivamente, no hay una única respuesta a la pregunta de si “vamos bien con la economía”. La respuesta una vez más, será distinta si el bolsillo del que responde, se enflaqueció o se agrandó.
*Profesor e Investigador de la UBA
www.diariobae.com

La ruta de otra reforma (anti)laboral


La ruta de otra reforma (anti)laboral

Pedro Kuczynski, el nuevo presidente de Perú, apunta a una reforma contra la “rigidez del mercado laboral”, como herramienta para llevar el empleo en negro del ¡70%! actual a un 40% en sus cinco años de gobierno. El Frente Amplio uruguayo está en lo mismo, y en Brasil se trata de una línea común de las distintas fracciones de la burguesía que están hundidas en la crisis de la corrupción. Chile, que sería el modelo latinoamericano de flexibilidad laboral y reforma jubilatoria, acaba de ser escenario de una movilización de 100 mil trabajadores contra las AFP chilenas, que ha seguido a la rebelión juvenil contra la educación privada.
Se trata de un cuadro no muy alentador para copiar. No obstante, en la Argentina se discute una nueva ola de reforma antilaboral y antijubilatoria como instrumentos necesarios al ajuste que encabeza Macri. Los aportes del kirchnerismo fueron muy importantes en esta línea, aunque se le acabó la espalda para seguir adelante. Recordemos la reforma del Código Civil que anuló la prelación del derecho laboral y elevó a categoría cuasi constitucional la tercerización laboral.
Según La Nación (26/7) “ningún aumento del empleo privado y de la competitividad (…) podrán lograrse sin una reforma del modelo vigente de relaciones laborales en la Argentina”.
El eje es el convenio por empresa: “Un aspecto sustancial de una reforma laboral es que la negociación de salarios y condiciones de trabajo tenga en consideración la productividad y los límites y posibilidades de cada empresa” (ídem). Para ello promueve que “el modelo sindical asegure la mayor libertad individual y colectiva”. “Pero -añade- debe evitarse la atomización gremial en la empresa, que a la hora de la negociación pudiera llevar a una carrera de dirigentes sindicales que intenten superar unos lo alcanzado por otros.”
Este contenido fue un eje de las reformas menemistas que encontraron continuidad en la era K con la reafirmación de la ley Banelco II, que no modificó esencialmente a la Banelco original en este punto. El Smata y su convenio por empresa, los plásticos y el sistema heredado en el neumático son parte del legado.
Recordemos que el fraccionamiento de vacaciones y el trabajo por piezas en la rama clearing de camioneros (empresas de reparto de correspondencia), las entregó Moyano en tiempos en que su CGT era la columna vertebral del kirchnerismo. Lo mismo podemos decir de la “herencia” de 600 mil tercerizados que sufren convenios a la baja o los “convenios depósitos” de Comercio y la Uocra, dos niños mimados de los tiempos kirchneristas. Otro tanto podemos decir del trabajo en negro que alcanza, según el Ministerio de Trabajo, al 40% de la masa laboral, lo que constituye una fuerte palanca a la baja contra el salario y los convenios colectivos.
El problema es que como en Brasil o Perú, como en Uruguay o Chile, los enormes golpes asestados en los últimos 20 años al movimiento obrero y sus conquistas no alcanzan. La crisis y sus salidas capitalistas, honrando las deudas usurarias, el rescate estatal de los empresarios y la entrega de recursos estratégicos, impulsa a recomponer la tasa de ganancia mediante nuevos ataques contra el valor de la fuerza de trabajo.
“En este sentido se debería asignar preferencia a los acuerdos laborales de nivel menor (empresa o sector geográfico) por sobre los acuerdos colectivos o paritarias en el nivel de sector de actividad”, profundiza La Nación. No sólo permitirlos, sino que tengan prelación. Se trata de una línea de fondo que implica quebrar los convenios por rama, transformándolos en “pisos” o “marcos” de carácter genérico cuya única función es mantener el poder de una burocracia central.
La burocracia central, a su vez, tendrá la función de asegurar el monopolio del derecho de huelga de acuerdo al fallo de la Corte Suprema, al tiempo que maneja la caja de los sindicatos, las “contribuciones solidarias” (coimas) por firma de convenios y el control de las enormes cajas de las Obras Sociales.
La Nación ataca la homologación de convenios por el Ministerio para evitar todo obstáculo, pero sostiene “el arbitraje” cuando no hay acuerdos. Y luego, descarga una batería entera sobre el contenido de los convenios por empresa y del conjunto de la legislación. Así, plantea “flexibilizar y facilitar la contratación para que no se produzcan contingencias imprevisibles y desproporcionadas”, junto al “contrato de plazo fijo flexible y otras formas de contratación modulares”, además de “la multifuncionalidad, la polivalencia funcional y la jornada variable o flexible”.
“Debe premiarse a quien genere nuevas oportunidades de empleo, por ejemplo, con la reducción o el diferimiento de las cargas sociales cuando se crean nuevos puestos de trabajo” (ley Triaca de Empleo Joven). “La indemnización por despido debería sustituirse por un sistema contributivo que ampare al trabajador frente al desempleo.” Proponen generalizar el sistema que rige en la construcción, donde cada trabajador aporta a su propia indemnización.
Las divergencias y tensiones internas entre fracciones capitalistas por la política económica, en particular en la UIA, no presentan diferencias en torno a esta cuestión. El movimiento obrero debe prepararse programáticamente contra esta nueva reforma antilaboral, que también prevé la definitiva eliminación de toda vía judicial en accidentes de trabajo, así como una reforma jubilatoria que eleve la edad y desprenda definitivamente el haber pasivo del activo.
La lucha por un Congreso de Bases del movimiento obrero tiene por función el debate de un programa de reivindicaciones, de un plan de lucha y de una salida de los trabajadores para que la crisis la paguen los capitalistas, lo cual supone enfrentar el conjunto de la ofensiva.

Nestor Pitrola.
Prensa Obrera

domingo, 14 de agosto de 2016

Tarifazos: Una crisis política que desnuda al gobierno ( y a quienes gobernaron )



Tarifazos: Una crisis política que desnuda al gobierno ( y a quienes gobernaron )

                Los matutinos del domingo no vacilan en señalar que el gobierno enfrenta una crisis política en regla, como resultado del empantamiento del tarifazo en la luz y el gas.  La decisión de la Corte está aún por verse.  Si terminara limitando los aumentos, o declarando que no pueden ser retroactivos, el gobierno afirma que tendrá que poner 80.000 millones de pesos de subsidios.  Los voceros del gabinete amenazan con interrumpir todos los planes de obra pública, los cuales, de todos modos, siguen frenados. La advertencia oficial por el agujero fiscal no existió, sin embargo, a la hora de declararle el jubileo impositivo al capital sojero o a las mineras.
                Pero el dato más relevante de la crisis lo han aportado, en las últimas horas, el “grupo de los ex secretarios de Energía”, o sea, los privatizadores del menemismo y la Alianza.  Según “La Nación”, ellos habrían coincidido con Aranguren en que “hay que hacer converger los precios mayoristas locales de gas y petróleo con los precios internacionales” (14/8).  La misma fuente señala algo conocido: que el petróleo crudo se paga en la Argentina a 67 u$s el barril, cuando la cotización internacional es de 42 u$s.  Y que los pulpos que extraen gas en la Argentina reciben entre 5 y 7,5 u$s la unidad calórica, cuando en Estados Unidos vale 2, 5 dólares.  Sin decirlo, los ex secretarios señalan que los gigantescos subsidios energéticos –que representan hoy el 75% del déficit fiscal- constituyen un subsidio liso y llano a los monopolios petroleros Lo que tampoco dicen estos técnicos es que esos sobreprecios fueron concedidos inicialmente por el kirchnerismo, como parte de los beneficios extraordinarios que acompañaron a toda la cadena petrolera a partir de la seudoestatización ypefiana de Galuccio-Kicillof.  Los programas gas plus duplicaron o triplicaron la recompensa de los productores en boca de pozo. En el caso del petróleo,  los valores de extracción se “atornillaron” cuando el crudo comenzó a desplomarse en el mercado internacional. Ese rescate fue transferido integralmente a los consumidores:  en el periodo en el cual el petróleo cayó de 100 a 50 u$s el barril, los precios de las naftas subieron un 80% en el mercado local.
                El actual tarifazo, por lo tanto, es una “herencia recibida” que el macrismo no denuncia como tal, y por una clara razón: el gobierno tiene toda la intención de sostener este rescate a los monopolios petroleros, sólo que aspira a que su costo resulte bancado directamente por los usuarios de gas y de luz.  Es significativo que los voceros de la industria petrolera teman que las audiencias públicas que podría imponer la justicia abarquen, no sólo a las tarifas de distribución y transporte de energía, sino también a su producción básica. Es que el debate público de la cuestión haría ventilar esta cuestión de fondo –a saber, que lo que está en discusión es el salvataje a un puñado de pulpos petroleros. 
                No es la primera vez que Aranguren desliza la posición de recortar o eliminar el subsidio a estos pulpos. Algunos lo atribuyen a su condición de accionista de Shell, que en Argentina es esencialmente refinadora (y, por lo tanto, clienta –y no productora- de hidrocarburos). Otra versión, más aguda, indica que el debate sobre el precio del gas y el petróleo tiene como telón de fondo a la lucha por un nuevo reparto de las concesiones petroleras,  en perjuicio de algunos de los “barones” ya establecidos (y a los que el kirchnerismo benefició con contratos leoninos) y en favor de operadores internacionales que quieren ingresar.  Como ya ocurre en Estados Unidos, la caída del precio del petróleo es el escenario propicio para este ajuste de cuentas entre capitalistas, pues conduce a la quiebra de los menos poderosos y a la concentración del negocio.  
                Los defensores de la actual política alegan que, de no existir los sobreprecios del petróleo y el gas, “las empresas despedirían a miles de trabajadores” Pero eso ya está ocurriendo ahora, como se demostró en las recientes ocupaciones de pozos en Santa Cruz.  Los pulpos utilizan los subsidios, no para remontar la producción, sino para financiar su retirada o afrontar deudas. Es lo que ocurre, en primer lugar, con YPF, que ha acumulado una hipoteca de 7.500 millones de dólares en los últimos años y, a pesar de los tarifazos, ha reducido sus planes de inversión. 
                 Una hipotética reducción o eliminación de los subsidios sería respondida, con seguridad, con un lock out patronal aún mayor.  En previsión de ello,   los ex secretarios y la oposición pejotista y massista defenderán el “gradualismo”, que en estas circunstancias no es más que la transferencia progresiva a los consumidores del rescate de los pulpos.
                En definitiva, el debate sobre el tarifazo ha desnudado qué  es lo que realmente está en juego:   quieren que los consumidores y trabajadores paguemos el pulmotor de quienes vaciaron de reservas energéticas al país a lo largo de dos décadas. Y que financiemos, también, un proceso despiadado de concentración de esos mismos pulpos,  cuya consecuencia será la de mayores despidos y mayores confiscaciones a los consumidores.
                En oposición a esta estafa,  reclamamos la apertura integral de todas las cuentas y costos de la industria energética, desde la producción a la distribución. La crisis actual plantea, como nunca, la nacionalización integral de la industria, en el cuadro de un plan económico debatido y dirigido por los trabajadores.

Marcelo Ramal.
Prensa Obrera

EL ASEDIO DE ALEPO, SIRIA, Y LAS AMENAZAS DE NUEVAS GUERRAS



EL ASEDIO DE ALEPO, SIRIA, Y LAS AMENAZAS DE NUEVAS GUERRAS
La noticia de las últimas semanas ha sido el asedio al que se encuentra sometida la ciudad de Aleppo, otrora la capital comercial de Siria, por parte de la coalición militar del presidente Bashar Al Assad, que integra la Guardia Revolucionaria de Irán y la milicia Hezbollah de Líbano, con el apoyo logístico y aéreo de Rusia. La ofensiva ha encontrado una fuerte resistencia en el este de la ciudad, por parte de una coalición opositora a la cual se ha sumado una fracción islámica que, recientemente, anunció su distanciamiento de Al Qaeda. Según informa la prensa internacional, la resistencia cuenta con el apoyo de Arabia Saudita, Qatar y, hasta nuevo aviso, de Turquía, y recibe armamento y entrenamiento por parte del Pentágono norteamericano. Numerosas organizaciones internacionales han advertido acerca de la enorme crisis humanitaria que amenaza crear este recrudecimiento de la guerra civil e internacional en Siria, para más de un cuarto millón de personas, que ya se encuentra sin provisiones alimentarias básicas. Esta guerra ha ocasionado ya 400 mil muertes y millones de refugiados. La importancia estratégica de Aleppo se acentúa por su proximidad con la frontera turca y la posibilidad que ofrece como corredor con el exterior del país.
Guerra interminable
La pugna por el control de este centro vital desde cualquier punto de vista, tiene que ver con las negociaciones internacionales que se atribuyen el objetivo de alcanzar un alto el fuego permanente, que habilite un proceso de transición política tutelado por las grandes potencias. Se trata claramente de una contradicción insalvable, como lo ha venido demostrando el impasse que enfrenta esa pretendida transición en forma renovada. El frente común que Rusia y Estados Unidos han fraguado para combatir al Estado Islámico, deja al desnudo sus antagonismos irreconciliables acerca de la cuestión fundamental, que es el destino del régimen de Bashar Al Assad y de la propia Siria. El asedio a Aleppo no está vinculado a una lucha contra el EI, el cual se encuentra, por otra parte, en retroceso tanto en su ciudadela siria (en el este) como iraquí (la provincia de Anbar y Mosul). Los bombardeos, muchas veces conjuntos, de EE UU y Rusia contra el EI, han apuntado a despejar el camino de un desenlace, en sus respectivos términos, a la guerra civil en Siria. Para una mayoría de observadores internacionales, está descartada la posibilidad de una victoria militar del campo oficialista en Aleppo. Siria sigue empantanada, opinan, un conflicto interminable. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea respaldan a fondo la resistencia opositora (lo cual supone el apoyo del estado sionista), incluso con armas sofisticadas, como los misiles de portación individual (“manpad”). La guerra internacional en Siria ha alcanzado un grado tal de desmadre que un editorial del Financial Times advierte que “todos podrán salir perdiendo” (5.8). O sea que el impasse promete una extensión y profundización de la guerra en curso.
Es obvio que asistimos a un conflicto de características internacionales, que no se limita, sin embargo, a una suma de antagonismos regionales, con el auxilio ocasional de las grandes potencias. Para Irán y sus aliados, una caída del régimen sirio sería por supuesto lesiva, incluso después del acuerdo nuclear que firmó con la ONU/EEUU, que tuvo lugar, precisamente para neutralizar la amenaza de un ataque armado a su territorio. Se ha formado un bloque entre los estados petroleros, de un lado, y el sionismo, del otro, para imponer un cambio de régimen en Irán. Este bloque ha sido secundado, con idas y vueltas, por parte de Turquía - en pretendido frente sunita contra el chiismo, que simplemente oculta la pugna económica y la agudización de la crisis social en todo Medio Oriente. En la misma línea se explica el establecimiento de la dictadura en Egipto. El retroceso de las revoluciones de la “primavera árabe”, incluso derrotas enormes, desató un vacío de poder en toda la región, que ha incrementado la intervención de las grandes potencias - imperialistas
Reflejo de una crisis mundial
Este proceso sinuoso refracta, por lo tanto, una crisis mundial, que el imperialismo necesita resolver por todos los medios a su alcance, es decir la guerra. En este sentido, las guerras meso orientales se presentan, de una parte, como una confrontación de alcance mundial y, de la otra, como una tendencia a la guerra mundial. Desde la invasión a Afganistán, en 2001, el escenario bélico se ha extendido a Irak, Yemen, Libia e incluso el centro de África, y desatado enormes crisis de régimen en Bahrein, Egipto y Turquía. A este mapa hay que añadir las guerras en el Cáucaso (Armenia, Azerbaiyán, Daguestán, Chechenia) y, más recientemente, el conflicto decisivo en Ucrania e incluso Moldavia. Este último escenario involucra a Turquía, que además ha incrementado las relaciones con los estados turcomanos de la ex Unión Soviética. Turquía, por otro lado, ve amenazada su unidad estatal, como consecuencia ascenso del movimiento nacional del Kurdistán, que se ha fortalecido tanto en territorio turco como en Irak y en Siria. El potencial explosivo de este movimiento se manifiesta en el hecho de que el movimiento kurdo ha puesto en un plano distante el derecho a un Estado propio y confina su reclamo a la autonomía dentro de los estados existentes. Naturalmente, ninguno de los protagonistas del Medio Oriente, y Turquía aún menos, lo toma al pie de la letra.
En este marco indudablemente explosivo, la reanudación de relaciones entre el turco Erdogan y el ruso Putin es muy significativa, pues el primero milita en la guerra en Siria contra el bloqueo ruso e incluso no ha dudado hasta recientemente en operar como tutor del Estado Islámico - y es el nexo territorial con la resistencia en Aleppo. Se especula ahora con que Erdogan dé una nueva voltereta y se avenga a reconocer al régimen de Bashar al Assad. Estas contradicciones están desgarrando al sistema político de Turquía, como lo pusieron en evidencia el golpe militar y el contragolpe del gobierno hace un par de semanas. Habrá que ver ahora si Erdogan viajó a Moscú como expresión de distanciamiento de la Otan en la cuestión de la guerra en Siria o, por el contrario, como un emisario político de ella.
Rusia, China, UE
Desde la disolución de la URSS, la hipótesis de guerra de las potencias imperialistas se guio por la necesidad del capital internacional de conquistar la economía y la tecnología del ex estado soviético. La hipótesis incluía la alternativa del desmembramiento territorial. A este objetivo respondió la intervención de la Otan en la guerra y el desmembramiento de Yugoslavia, y más tarde el incumplimiento de la promesa de un status de neutralidad para Ucrania. El descuartizamiento del espacio territorial de la ex URSS fue contenido por el golpe de estado de los servicios de seguridad de Rusia, que llevó a Putin al gobierno. En este planteamiento estratégico, las guerras en el Medio Oriente constituyen una operación de cercamiento - como lo prueba el sometimiento de Ucrania al FMI, a la UE y, en última instancia, a la Otan. Para los planificadores de la Otan, se trata solamente de prepararse para un eventual vacío de poder de un régimen que depende fuertemente de la exportación de petróleo, pero la justificación no cancela el propósito. Después de todo, el desarrollo extraordinario que ha alcanzado la explotación de combustibles no convencionales en USA, al amparo de tasas de interés reales negativas, ha sido visto en Rusia como una operación de agresión estratégica. En esta línea, EEUU no ha tenido reparos en perjudicar a Arabia Saudita y operar con Irán, lo cual ha agravado, naturalmente, la crisis político-militar, y provocado una mayor anarquía entre sus aliados políticos. Todo esto es una expresión de que el imperialismo se ha embarcado en una guerra de alcance mundial, para la cual no ha reunido todavía las condiciones ni los recursos políticos, que solamente podrá obtener a través crisis más severas, las cuales podrían poner en riesgo su dominación internacional.
En el escenario post disolución de la URSS, a China se le adjudicaba un destino de primer orden para la penetración del capital internacional en el desarrollo de un mercado explosivo. Un cuarto de siglo más tarde la situación ha cambiado, pues China se ha convertido en un competidor internacional y en operador de alianzas al interior del bloque de las naciones más desarrolladas. Por eso USA ha elaborado una doctrina militar que tiene por escenario el sur de Asia y Japón. Las operaciones de la flota norteamericana en el mar de China, por un lado, y el Tratado Trans-Pacífico, por el otro, operan de consuno para ‘contener’ un desarrollo autónomo de China. Esta circunstancia no ha dado lugar, sin embargo, a una alianza de China y Rusia; más bien ocurre lo contrario, porque entraría en contradicción con la estrategia de conjunto de China. La novedad, en este punto, la presenta la posición de Trump, que no ahorra ataques al ‘dumping’ comercial de China, mientras derrocha elogios a Putin. El desarrollo de la bancarrota capitalista, las rivalidades económicas y la tendencia al proteccionismo: ¿plantean una reversión de alianzas, aunque sea parcial, de parte de las principales potencias imperialistas? Theresa May, la inglesa que sustituyó a Cameron al frente del gobierno británico, estaría por cancelar un acuerdo para instalar una planta de energía nuclear financiada por China, lo que cerraría la aspiración de sus predecesores de que la City de Londres se convierta en el conmutador financiero de Pekín, y que ya ha recibido un ataque furioso de parte del gobierno de China. Bajo el gobierno anterior, Gran Bretaña (y la UE) había adherido al Banco de Desarrollo impulsado por China, en oposición al boicot de USA y Japón. En este giro de alianzas, tendríamos a Rusia en la misma fila con Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón, frente a un bloque de la UE y China, acompañada por numerosos estados de la periferia de la economía mundial - y disputando la alineación de la India. En el caso de Japón, la tendencia al nacionalismo y al rearme avanza día a día.
Guerra y revolución
El gran capital domina la escena mundial porque los estados principales donde se aloja esa potencia económica se dan lo medios políticos y militares para esa dominación. Así se forma el enlace entre la economía y la guerra y entre la bancarrota económica y las alianzas internacionales que preparan la guerra. La acción principal del Estado capitalista va dirigida cada vez más al diseño de planes de guerra y al entrenamiento operacional. La preparación de la guerra representa una enorme carga económica para los pueblos y la guerra misma un sacrificio intolerable, o sea que promueve una agudización de la crisis social en las metrópolis belicistas. Esta crisis se aprecia ahora abiertamente en USA, en el recurso creciente de los candidatos a la demagogia social y chovinista, en el desmantelamiento de los partidos tradicionales y en el involucramiento incluso de los servicios de espionaje en la campaña electoral. La puja de las campañas de Trump y Clinton versa en forma creciente en torno a quién de los dos sería más capaz para dirigir una guerra.
La tendencia entre los trabajadores y la juventud en América Latina a ver la guerra en Medio Oriente como un fenómeno distante y aislado, debe ser superada por una actividad consciente de los revolucionarios socialistas. En oposición a quienes esgrimen el peligro de la guerra de un modo que paraliza la acción de los pueblos, debemos explicar que ella puede ser prevenida y derrotada por medio de la lucha de clases, la revolución social y el gobierno internacional de los trabajadores.
Jorge Altamira

BRASIL: FORA TEMER



BRASIL: FORA TEMER
por Osvaldo Coggiola
El presidente golpista Michel Temer habló en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro. Fueron menos de diez segundos, sin aviso previo, suficientes para una fuerte silbatina del público, que enseguida se convirtió en estremecedora. El régimen político supuestamente responsable por sacar al país de su peor crisis no puede mostrar a su presidente en público. La impopularidad del gobierno no alimenta, sin embargo, ninguna posibilidad de revertir la destitución de la presidente Dilma Rousseff (PT) por el Senado a finales de agosto. No estamos frente a un movimiento político pendular de izquierda a derecha, sino frente a una crisis vertical y transversal del poder político. La hipótesis que circula ahora es el reemplazo del gobierno de Temer y la sustitución del sistema presidencial por el parlamentario.
La hipótesis que plantea es la de la caída, no sólo del PT, sino del conjunto del gobierno elegido en 2014, y la posibilidad de cambio del régimen político y constitucional, substituyendo el presidencialismo por el parlamentarismo, o por un híbrido de ambos. El fortalecimiento ilusorio del Poder Judicial (simbolizada en la figura del juez curitibano Sergio Moro), elevado a la condición de salvador nacional por sus investigaciones sobre la corrupción estatal (y beneficiado por un corruptísimo aumento de 60% en sus “salarios”, en momentos de congelamiento salarial público y privado) no es una evidencia del fortalecimiento de las instituciones republicanas, sino de la descomposición del Estado.
El programa económico del gobierno consiste en un rescate de la burguesía y el Estado en quiebra por medio de un ajuste de los salarios y del empleo y de los gastos sociales, en especial del sistema previsional, acompañado por un endeudamiento feroz – tanto del sector público como del privado. Crece el número de empresas en concurso de acreedores, lo que habilita el remate de ellas a precios de pichincha. Lo mismo ocurre con la deuda pública. El plan oficial congela, por ley y por veinte años, los gastos estatales, y aumenta la desvinculación de la recaudación fiscal del gasto en salud, educación y gastos sociales, vinculación establecida en la Constitución. La crisis económica, con una consistente caída del PBI, ha sido el pretexto para suprimir más de 530 mil empleos “legales” en el primer semestre de este año. El desempleo es del 12% (más de doce millones de trabajadores).
La recaudación fiscal está en caída libre; ha caído en R$ 60 mil millones en relación a las cifras nominales de 2013, sin contar la inflación. El PBI per capita ha retrocedido al nivel de cinco años atrás, y el salario real medio ha sufrido un retroceso todavía mayor. El endeudamiento público y privado roza el 150% del PBI; la cartera de los bancos tiene una proporción creciente de ‘no performing’ (impagos). El déficit presupuestario está calculado para este año en R$ 170 mil millones (casi US$ 50 mil millones), el déficit real, incluidos los llamados “esqueletos fiscales”, está calculado ¡entre R$ 300 y 600 mil millones! El gobierno anunció su intención de cubrir el muerto con nuevas privatizaciones (petróleo – ya han sido vendidas las reservas más promisorias, como las de Carcará – y electricidad, bancos públicos y sistema previsional). La perspectiva de un default, anunciada por el aumento del “riesgo Brasil” por las agencias clasificadoras internacionales, está muy lejos de haber sido conjurada. Se ha abierto al capital extranjero áreas reservadas al capital local. Existe una fuerte disputa entre capitalistas chinos y norte-americanos por las privatizaciones, para arrancar nuevas garantías y exenciones impositivas, sin hablar de la completa apertura de los sectores económicos hasta ahora reservados para el capital local.
La crisis política se acrecienta por la “ilegitimidad” de un gobierno supercorrupto, elegido por nadie. Fora Temer puede ser el leit motiv de la unificación del conjunto de las luchas en curso, por el empleo, el salario, la casa, la tierra, la educación pública, los derechos sociales. En el segundo semestre habrá comisiones paritarias de petroleros, metalúrgicos, químicos, bancarios, correos y varias empresas estatales. Las burocracias de las centrales sindicales, sin embargo, se han integrado a las conversaciones con el gobierno sobre la privatización del sistema jubilatorio.
La izquierda clasista tiene una oportunidad única de presentar un programa de conjunto frente a la crisis, y de plantear una alternativa política de clase. Sin embargo, tiende a limitar sus perspectivas a las elecciones municipales de octubre. La izquierda del PT, en nombre de la “reprogramación de la izquierda”, repite su táctica de presionar a la dirección del partido, que está en una crisis prácticamente terminal, para que haga (o al menos diga) lo que no hizo durante los trece años en que gobernó, sin ningún balance acerca de la estrategia política y la base social de esa dirección. En las cuestiones decisivas (la candidatura Haddad en San Pablo) se subordina a la dirección del PT.
El PSOL está concentrado en la posibilidad de llegar al segundo turno en las elecciones de cuatro capitales (en São Paulo sostiene la candidatura de Luiza Erundina (ex ministra de Itamar Franco y ex intendenta del distrito), e inclusive de vencerlas en Porto Alegre (con Luciana Genro). El PSTU, a su vez, se ha dividido, con una escisión de 30-40% de sus militantes (que constituyó el MAIS en una plenaria celebrada en San Pablo) en torno a la cuestión del frente de izquierda y de la política de la dirección partidaria que ignoró el carácter golpista del juicio político a Rousseff. Asistimos a una adaptación democratizante, cada vez más acentuada, de la izquierda brasileña, sin excepciones, en un periodo de crisis excepcional.
Hay que abrir un debate para desarrollar la consigna Fuera Temer y la huelga general, en función de una crisis de poder con una posible irrupción de masas.
Osvaldo Coggiola

lunes, 8 de agosto de 2016

Tiranía del trabajo, crisis de la tiranía




Capitalismo
Tiranía del trabajo, crisis de la tiranía
08/08/2016 | Daniel Tanuro
Desde el punto de vista antropológico, el trabajo designa la actividad consciente por la cual el ser humano transforma el entorno y sus recursos para producir su existencia social. El trabajo no es entonces más que la mediación indispensable entre la humanidad y el resto de la naturaleza, que es característica de nuestra especie.
Desde el punto de vista sociológico, esta definición general no tiene apenas utilidad porque no permite comprender las especificidades del trabajo en los diferentes tipos de sociedad. Ahora bien, el trabajo en la sociedad capitalista es muy diferente del trabajo en la sociedad feudal, y aún más diferente del “trabajo” entre los cazadores-recolectores. Tomemos por ejemplo la relación con el tiempo: en las sociedades precapitalistas el trabajo estructura el tiempo, mientras que en el capitalismo es el tiempo quien estructura el trabajo… Plantear correctamente la cuestión del trabajo hoy necesita tomar en cuenta no solo su definición general, tal como se aplica a todos los modos de producción, sino también y sobre todo la forma específica que toma en el capitalismo.
El capitalismo es una sociedad de producción generalizada de mercancías
Para la mayoría de la población, el trabajo toma la forma de trabajo asalariado, es decir la venta de la mercancía “fuerza de trabajo” a los propietarios de los medios de producción. El sistema está regido por el valor, indicador exclusivamente cuantitativo cuya medida es el tiempo de trabajo. La competencia por la ganancia empuja constantemente hacia la subida de la productividad. Las decisiones sobre lo que se produce, cómo, con qué objetivo y en qué cantidad no son tomadas por los productores directos sino por los propietarios de los medios de producción, en función de sus expectativas de ganancia. El trabajo está alienado. Lejos de ser vivido como despliegue de las potencialidades del productor a través de su contribución a la existencia social, es vivido como obligación y desposesión.
La alienación del trabajo tiene una gran influencia sobre la conciencia. Como la socialización del trabajo se opera mediante la compra y la venta, las decisiones son zanjadas en última instancia por “el mercado”, por “la economía”, es decir por abstracciones que disimulan relaciones sociales de explotación. Estas abstracciones obedecen a la ley del valor que, aunque social, se impone por si misma, igual que la ley de la gravedad. Nadie puede escapar a ella. El capitalismo es la primera sociedad de la historia en la que la obligación del trabajo, el aumento de su productividad y la amenaza del paro son tiránicas, pues derivan de “leyes de la economía” que parecen naturales. Ni el esclavo ni el siervo estaban sometidos así a un mecanismo automático, independiente de toda decisión humana.
Se ha creído durante mucho tiempo que “trabajo” venía del latin “trepalium” (tortura)
Esta etimología es puesta en cuestión, pero el trabajo capitalista no es un lecho de rosas. La evolución del sistema provoca una especialización y una parcelación crecientes. La mecanización y la automatización aumentan, la producción y los intercambios están cada vez más mundializados. La extensión de la producción mercantil invade y gangrena todo. Dicta su ley a la investigación y a la creación, destruye el medio ambiente, engendra cada vez más producciones inútiles o nocivas y tecnologías peligrosas. Las operaciones de promoción y de especulación derrochan una cantidad creciente de fuerza de trabajo. No solo el tiempo de trabajo come tiempo de vida, sino que además este tiempo pasado en el trabajo está flexibilizado, precarizado y controlado científicamente para extraer hasta la última gota de valor. Se habla de “trabajo en migajas”, de “trabajo sin cualidades”, de “pérdida del sentido del trabajo”.
La tiranía del trabajo está en crisis. Esta crisis se expresa por un lado por la epidemia del burn out (síndrome del trabajador quemado ndt), del otro por la revuelta contra el trabajo -la de los jóvenes en particular. Es sistémica, pues en su base está una contradicción mayor: de una parte el sistema no comprende la riqueza más que bajo la forma de la cantidad de valor, por la medida del tiempo de trabajo; de otra parte, la propia ley del valor ha creado una situación en la que la verdadera riqueza no depende ya del trabajo. Depende del saber y de las máquinas que crean la posibilidad de reducir radicalmente el trabajo en cantidad, de mejorar radicalmente su calidad, de cambiar sus instrumentos y de encajarle de nuevo en la vida. En “Age de pierre, âge d´abondance” (Edad de piedra, edad de abundancia), el antropólogo Marshall Sahlins describe con malicia la felicidad de los pueblos indígenas que no consagran más que dos horas al día a la actividad productiva. Esta felicidad está a nuestro alcance a poco que acabemos con el capitalismo, su productivismo y… su trabajo.
Artículo publicado en la Gauche n. 78, julio-agosto 2016
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miércoles, 3 de agosto de 2016

Se derrumbó hasta un 16% el sector bancario europeo

Se derrumbó hasta un 16% el sector bancario europeo

La banca europea se desplomó este martes y registró bajas de hasta 16% después de los test de estrés que se conocieron el viernes pasado.

Las pérdidas del sector financiero cobraron proporciones descomunales en Italia y estuvieron encabezadas por Banca Monte Paschi di Siena (BMPS), el tercer banco del país, que se depreció un 16,01%, por preocupaciones vinculadas a las recientes pruebas de resistencia del sector bancario europeo.

Banca popolare dell'Emilia Romagna sufrió un desplome de 12,4%, Banca popolare di Milano (BPM) se hundió un 10,3% y Banco popolare un 10,1%.

Las pruebas de resistencia, que avaluaron la capacidad de 51 bancos del continente ante una eventual crisis económica, también mencionaba entre los bancos más expuestos al alemán Commerzbank, que este martes perdió un 9,19%, y el británico RBS, que cayó 1,75%.

En Madrid, Banco Santander, primer banco europeo por capitalización, cayó 5,3%, BBVA cedió 4,87% y Caixabank 5,4%.

El escepticismo sobre la credibilidad de las pruebas de resistencia se hizo sentir también en París, dondeNatixis perdió 6,1%, BNP Paribas 4,3% y Société Générale 3,1%.

"El mercado está preocupado por la necesidad de recapitalización de varios bancos europeos y por los riesgos de contagio al conjunto del sector",
 afirmó Daniel Larrouturou, de la correduría Diamant Bleu Gestion.

Los bancos también se vieron afectados por la perspectiva de la prolongación indefinida de las bajas tasas de interés actuales, que podrían incluso ser recortadas el jueves hasta un nuevo mínimo histórico por el Banco de Inglaterra (BoE), para enfrentar las consecuencias del Brexit.

En ese contexto, el índice Footsie 100 de Londres cayó 0,7%, el Dax 30 de Fráncfort 1,8%, el CAC 40 de París 1,8%, el FST Mib de Milán 2,8% y el Ibex 35 de Madrid 2,8%.

Las compañías petroleras también lastraron a las bolsas, debido a la dificultad del barril para superar los 40 dólares, pese a un ligero repunte por la tarde. En Londres, Royal Dutch Shell cedió un 1,82%.

El mismo fenómeno deprimió los valores de compañías mineras, muchas de las cuales son también negociantes de crudo. BHP Billiton cayó un 2,69%, Rio Tinto un 1,79% y Anglo American un 1,63%.

Otros analistas mencionaban igualmente el escaso impacto del nuevo plan de 28 billones de yenes (273.000 millones de dólares, 240.000 millones de euros) aprobado por el gobierno japonés para tratar de dinamizar a la tercera economía mundial.

Los analistas de Mizuho Securities estimaron que el plan "no tiene nada innovador", y recuerdan que desde el estallido de la burbuja financiera en 1990 "ya hubo unos 26 planes de reactivación" sin mayores efectos en el crecimiento.